El símbolo perdido, Dan Brown

Tenía muchas, muchas dudas sobre si debía o no comprarlo, si debía o no tener ganas de leerlo, y si quería "caer en las redes de la industria" editorial.

¡Cuánta tontería!

Entré en una librería de Buenos Aires, lo vi, lo toqué, lo sentí, lo compré y, en menos de ocho horas, lo devoré. De la primera a la última página, con hambre, con envidia, con tensión, con un disfrute máximo. Los mejores 89 pesos gastados de todo el año. Eso sí, no conseguí disfrutar hasta que Robert Langdon dejó de tener la cara de Tom Hanks (y después la de Nicolas Cage con pelucón). ¡Qué daño le hace el cine a la imaginación!

Debo reconocer que hoy ya no sé si los masones veneran la cruz, se beben la sangre de un mono con la cola pelirroja en el caliz de un vecino de Cristo, o pertenecen al sindicato del metal, de verdad. La cantidad de datos que aporta el señor Brown en la novela me mareó por completo, pero es parte del atractivo de su escritura.

La parte, desde mi punto de vista, peor de El Símbolo perdido es que en lo que basa su historia no me interesaba, ni me interesa, en absoluto. No me atraen para nada los masones, y toda la novela está basada en ellos. Ahora bien, también me importaba un pimiento el Arca de la Alianza, y disfruté de la película de Indiana Jones como un bebé con un biberón de coñac.

No tengo ni idea de si lo que explica es cierto, o no, pero tampoco me interesa lo más mínimo, como no me interesó si Jesús de Nazaret tenía hijos, o si existía la antimateria. La novela es excelente, es rápida, tiene acción en cada una de sus páginas, los personajes son tan creíbles como arquetípicos y exagerados. En resumen, un trhiller extraordinario que ojalá fuera yo capaz de escribir con un diez por ciento de su tensión.

No está al nivel de Ángeles y Demonios, o del Código Da Vinci, pero desde luego no me ha decepcionado en absoluto, al contrario, lo he disfrutado durante cada una de las pocas horas que tardé en leerlo.

En esta novela el señor Brown se situa en la capital de los EEUU, y su protagonista, Indiana Jones con chaqueta de Tweed, como él mismo ha reconocido en alguna entrevista, se encarga de descubrir, sin ser un iniciado, todos los secretos, rituales, ilusiones, esperanzas, etc., de los masones. En algunas partes parece que sea un publirreportaje al estilo de "Vicky, Cristina, Barcelona", pero pagado por los masones en lugar de por el Ayuntamiento de Barcelona. No sé si se habrá cansado de pelear contra monstruos del tipo Opus Dei...

Pero eso no es óbice para que la novela sea magnífica.

Sé que muchos de los que os acercáis a este blog no coincidiréis con mi análisis, pero quisiera preguntaros si os habéis acercado a la novela con los prejuicios que yo tenía, o bien lo habéis hecho con la bolsa de palomitas, una coca-cola fría, y las ganas de disfrutar de una gran aventura. Porque ahí está la clave de que te guste, o no, la obra de Dan Brown. Su prosa es correcta, pero evidentemente no es García Márquez, ahora bien, ¿hay que machacarlo como he visto en otros foros sólo porque vende a las masas?, yo creo que no.

Repito, una novela que me ha vuelto a poner en contacto con Robert Langdon, y sólo por eso vale la pena leerla.

Intenta el autor además en esta novela infundir un poco de esperanza a la gente, y su mensaje es positivo, al más puro estilo de la New Age, aunque basado en datos y referencias históricas impresionantes.

No puedo decir más, me ha encantado como me gusta ver jugar al Barcelona, como disfruto de una buena canción de rock de mis años mozos, o como gozo viendo películas de la Momia y de Indiana Jones.

Resumen del libro (editorial)

¿Existe un secreto tan poderoso que, de salir a la luz, sea capaz de cambiar el mundo? Washington. El experto en simbología Robert Langdon es convocado inesperadamente por Peter Solomon, masón, filántropo y su antiguo mentor, para dar una conferencia en el Capitolio. Pero el secuestro de Peter y el hallazgo de una mano tatuada con cinco enigmáticos símbolos cambian drásticamente el curso de los acontecimientos. Atrapado entre las exigencias de una mente perturbada y la investigación oficial, Langdon se ve inmerso en un mundo clandestino de secretos masónicos, historia oculta y escenarios nunca antes vistos, que parecen arrastrarlo hacia una sencilla pero inconcebible verdad.

Kafka en la orilla, Haruki Murakami


En la contra del libro se advierte al lector de que la obra nos “tensará metafísicamente el pensamiento”, y puedo asegurar que en efecto es así.

No había leído nada anteriormente de este autor, y su prosa me ha parecido el guión extremo de una película de manga. No he podido evitar imaginar a todos los personajes como si estuvieran dibujados por la mano de Katsuhiro Otomo, el autor de Akira. Asociación de ideas, probablemente.

La obra comienza con la huída de un adolescente de apenas quince años, Kafka Tamura, a quien su madre dejó abandonado a temprana edad llevándose a su hermana, y dejándolo a él en compañía de su padre, un afamado escultor con más demonios y silencios que el propio protagonista quinceañero. Una historia de tormenta mental, de paranoias de adolescente, de miedos y sombras, de búsqueda de una verdad que el muchacho no puede comprender y para la que se ha preparado desde que su madre huyó, y que el señor Haruki Murakami desgrana en un perfecto análisis sicológico del personaje, presentándolo con tanta pulcritud que cualquiera de nosotros lo reconocerá en alguno de nuestros amigos de adolescencia, o incluso en nosotros mismos.

Le acompañan en la historia tres personajes más, igualmente importantes y, hasta cierto punto, sorprendentes. Cargados con un peso sicológico específico importante cada uno de ellos, por supuesto. El más tierno es un anciano, Satoru Nakata, que perdió su “inteligencia normal” a finales de la segunda guerra mundial en un extraño incidente cuando sólo era un niño que buscaba setas en el monte para saciar el hambre, pero que, a cambio de perder todas las funciones sociales, tiene la virtud de hablar con los gatos y se maneja con igual normalidad en nuestro mundo que en los paralelos, o complementarios, que presenta el autor. Una chica con sexo cambiado, Ôshima, que se convierte en el sparring contra el que el protagonista presenta sus más duras batallas por comprender quién es y cuál su lugar en el mundo. Conversaciones filosóficas apoyadas en un vasto conocimiento cultural sólo al alcance de adolescentes con alguna preocupación más allá de la cantidad de alcohol que les cabe en una noche, o de cuantos pendientes son capaces de colgar de una sola oreja. Y el último personaje importante, la señora Saeki, la que más claramente he imaginado en dos dimensiones, una anciana misteriosa, de belleza congelada, que vivió hasta los quince años y que después, por causas del amor, sólo se dedicó a dejar pasar la vida y esperar el momento de abandonarla.

Bueno, no es justo señalar sólo a estos personajes, los entornos en los que se desarrolla la novela son tanto, o más, importantes que los propios de carne y hueso. Una cabaña apartada en un bosque apartado, y una biblioteca, situada en una loma, perdida del mundo y perteneciente a una rica familia de mecenas japoneses, la parte central de la novela y donde trascurre la mayor parte de la misma.

Kafka en la orilla es un libro extraño, tanto como puede apreciarse desde su título, una novela en la que se entremezclan la realidad y la fantasía asiática, como una especie de realismo mágico latinoamericano, pero llevado al manga literario desde una prosa hasta cierto punto extraña para mí.

Sin embargo esta rara mezcla me ha gustado. También en la contraportada aparece una mención “un libro que no sólo se lee de un tirón…”, y en verdad ocurre tal cual. Una novela que, sin ser un thriller, ni tener más acción que los pensamientos internos de unos personajes perfectamente definidos, te atrapa en una vorágine lectora de la que es difícil desprenderse.

No había, como ya he dicho, tenido ningún acercamiento a la obra de este escritor, ni tampoco recuerdo haber leído nunca nada de un autor japonés, y sin embargo el estilo me ha cautivado.

En algunos momentos me ha recordado a Omar Pamuk, pero también hay que pensar que las traducciones, si bien son indispensables (a no ser que hables japonés) y de agradecer, han de ser muy difíciles de una lengua tan diferente a la nuestra como el japonés, o el árabe, por lo que es posible que esa similitud que hago notar entre ambos autores se deba al estilo de la traducción. Quiero además añadir que la traducción de Lourdes Porta es extraordinaria y nos ayuda a comprender, con notas muy acertadas, partes de la cultura japonesa que de otra forma se nos escaparían.

La recomiendo, sin duda, porque me ha parecido diferente, entretenida, y sus personajes se han instalado en mi imaginario con el resto de cadáveres que ya atesoro, sólo que estos lo han hecho en formato de dibujo manga, y eso, además de extraño, es original.

Resumen del libro (editorial)

Kafka Tamura se va de casa el día en que cumple quince años. La razón, si es que la hay, son las malas relaciones con su padre, un escultor famoso convencido de que su hijo habrá de repetir el aciago sino del Edipo de la tragedia clásica, y la sensación de vacío producida por la ausencia de su madre y su hermana, a quienes apenas recuerda porque también se marcharon de casa cuando era muy pequeño. El azar, o el destino, le llevarán al sur del país, a Takamatsu, donde encontrará refugio en una peculiar biblioteca y conocerá a una misteriosa mujer mayor, tan mayor que podría ser su madre, llamada Saeki.
Si sobre la vida de Kafka se cierne la tragedia –en el sentido clásico–, sobre la de Satoru Nakata ya se ha abatido –en el sentido real–: de niño, durante la segunda guerra mundial, sufrió un extraño accidente que lo marcaría de por vida.

Como en el mejor Murakami, pasado y presente, sueño y vigilia, se funden y solapan creando una atmósfera en la que resulta difícil discernir deseo y pesadilla.

La cuarta mano, John Irving

Siempre digo que un libro no sólo depende del autor, de la trama, de los personajes, de los ambientes..., de la literatura vertida por el autor en la obra, en definitiva, sino también de los lectores, tanto o más importantes que la propia obra. De nuestra predisposición, de nuestro tiempo, de nuestro ánimo, de nuestro entorno, de nosotros depende que una novela guste, fascine, o pase sin pena ni gloria por nuestro imaginario. Sólo la unión de ambas partes configuran la impresión final de una novela.

Y por desgracia creo que mi ánimo no ha sido el mejor para acercarme a una nueva obra de John Irving, a quien admiro profundamente, pero que la lectura de esta novela me ha decepcionado bastante. Quise consolarme pensando que sería de sus primeras obras, y todavía me entristecí más cuando vi que era de las últimas que ha escrito...

Me he encontrado ante esta novela con unas expectativas desbordadas por la lectura anterior de "Una mujer difícil", obra maestra bajo mi punto de vista, y lo que he recibido ha sido una novela que parece una copia barata hecha en cualquier taller clandestino de la China.

El personaje principal, Patrick Wallingford (un tipo con menos espíritu que una caja de cartón), es una copia desagradable del dibujante y cuentista Cole, con una vida sexual extravagante, increíble, pero no por estupenda, sino por difícil de creer. Un tipo al que le arranca una mano un león de un mordisco y al que el mundo entero, no en su pueblo, no sus amigos y allegados, no, el planeta tierra al completo, reconoce en cualquier parte como el "hombre del león", convirtiéndolo en una triste celebridad, y que además presenta las noticias sólo en su versión amarilla (el hombre de los desastres, o el hombre del león, lo llaman), pero que sin embargo, y a pesar de esos antecedentes, es un Brad Pitt irresistible para el género femenino, al cual no hace más caso del que necesita para pasar una noche de sexo. No es serio, no hay por donde cogerlo.

El elenco de participantes tampoco se salva, la viuda de un camionero obsesionada con quedarse embarazada (una de las pocas partes creíbles de la historia), con quien apenas tiene relación, más allá de un polvo mal echado en la consulta de un médico, se convierte en la piedra angular sobre la que Wallingford avanza a ritmo de tortuga manca en la trama sin venir a cuento, sin una presentación previa, sin interés, sin profundidad. Un doctor que se pasa media novela ingnorando a su asistente, y de repente, tras verle los gemelos, se enamora y se pasa la otra media parte metido en la cama con ella. No sé, es como un gran puzzle en el que todas las piezas parecen del mismo color, pero en el que ninguna de ellas encaja si no es a golpes. Forzada, esa sería la palabra con que definiría la novela, forzada, aburrida, lenta y poco creíble.

Sí se nota en algunas partes de la novela la gran maestría del autor, no en vano es de lo mejorcito que hay, pero esos retazos son insuficientes, bajo mi punto de vista, para salvar una novela de la que podría haber prescindido totalmente (aunque dudo que la editorial piense como yo).

Con toda sinceridad, admiro a Irving, mis tres acercamientos anteriores a su obra me parecieron extraordinarios, y no quisiera cerrar este comentario sin reconocer que el ácido humor existente en sus obras de referencia, aquí también se puede encontrar (hay que buscar mucho), así como una correcta crítica a los medios de comunicación. También salvaría el personaje de Mary, la "jefa" de Patrick a la postre, envidiosa, ambiciosa y su verdugo final, porque me ha recordado a varias/os directivas/os que he conocido en mi vida, pero poco más, muy poco más.

Un esfuerzo similar al de un entrenamiento atlético para reforzar los músculos lectores, y no más.

Resumen del libro (editorial)

Patrick Wallingford no tiene la culpa de ser irresistible para las mujeres. Aunque su pasividad vital y su desdibujada personalidad sean irritantes, aunque su escasa iniciativa sentimental y profesional sea un incordio, todas desean acostarse con él, y lo cierto es que no les cuesta mucho conseguirlo. Wallingford es periodista en un canal televisivo peligrosamente decantado hacia el sensacionalismo hasta que, en un tragicómico episodio laboral, pierde la mano izquierda y se convierte, de la noche a la mañana, en noticia mundial. Un cirujano le implantará la mano de un muerto en accidente. Pero ese cuerpo extraño, único miembro que ha sobrevivido de otro ser humano que amó, gozó y sufrió con inocente inconsciencia, se enseñoreará misteriosamente de Wallingford, quien, al recuperar el tacto, descubre con asombro aspectos inéditos de su vida emocional. Tal vez a ello no sea ajeno el extraño pacto con Doris Clausen, la joven y hermosa viuda del donante... Con La cuarta mano Irving vuelve con una farsa hilarante que, de repente, cobra el aire dramático de la gran literatura. Estamos seguros de que las tribulaciones del protagonista de esta novela, su lucha contra el delirante mundo de los medios de comunicación y las desdichas que comporta la fama divertirán, emocionarán y darán que pensar a los cientos de miles de lectores que Irving ha conquistado ya en el mundo entero.