El precio de los sueños, Enrique García Jorge


Dice la contraportada del libro, en boca del poeta José López Larache, “la literatura dominicana tiene en el escritor Enrique García Jorge a una de sus voces jóvenes más prometedoras. Su novela, El precio de los sueños, debe ser leída con atención especial. Recomiendo su lectura”. Palabras que secundo en su totalidad.

En un acto de promoción de uno de los hoteles de la zona de La Romana, me presentaron a un joven escritor dominicano, el señor Enrique García, vestido con su uniforme de representante de un tour operador y, al igual que yo, ambos nos sentimos incómodos ante la realidad de que, tras nuestras vestimentas de trabajo, nos reconocieran amigos comunes la íntima faceta de escritor en público. Un leve sentimiento de culpabilidad que nos atravesó en los primeros momentos, qué decir a otro escritor en un ambiente tan distante al literario, pero ese breve desconcierto inicial dejó abierta la puerta de una conversación más tranquila, con un buen plato de langosta en la mesa, y la promesa mutua de regalarnos nuestras obras. Por fortuna, él cumplió.

Y así es como llegó a mis manos el ejemplar de la novela del señor Enrique García Jorge, editada, como él mismo reconoció, con la ayuda monetaria surgida de sus propios bolsillos. La obra es una novela corta, publicada en una edición sencilla, de tapa blanda con bastantes carencias estéticas, que incluso en algún momento de la lectura producen desconcierto por no separar los tiempos con un simple doble interlineado, o puntuar con mayor corrección, pero que ha permitido sacar a la luz esta novela tan prometedora.

Ésta creo que es la mejor palabra para definir El precio de los sueños, prometedora. Y me atrevería a decir que no va más allá por la falta de un editor más serio que hubiera ayudado al autor a corregir algunas frases redundantes (pocas), fórmulas estiradas o puntuaciones confusas.

Con un estilo que me ha recordado fugazmente a La mala hora, por lo descarnado y literal de la vida caribeña, la novela del señor Enrique García desata la miseria de los barrios dominicanos, el ejemplo perverso del dinero fácil de vecinos “triunfadores”, y el orgullo, desde mi punto de vista mal entendido, dominicano. Un orgullo que les permite rebajarse a cuotas inimaginables en las relaciones sociales y familiares, pero que no aguanta la idea de que el vecino tenga una mujer mejor o un auto mejor (“bienes” a la misma altura y considerados reflejo del éxito social).

Y esa brutalidad social parida de la ignorancia, la falta de ejemplo, la miseria económica y la ausencia de cultura, es lo que plasma con maestría esta obra primeriza. La sustitución de estas lagunas vitales por la acumulación de dinero y poder al precio que sea, en este caso el tráfico de drogas entre la isla quisqueyana y los Estados Unidos.

Yo, que hace ya un buen tiempo que vivo en este magnífico país, he visto retratada una parte de su realidad en la novela, pero sobre todo me ha llenado de alegría leer de manos de un dominicano una obra así. Un depósito de agua pura en el más vasto desierto cultural que es esta isla (quizá yo no he sabido encontrar la senda al Sangrilá cultural dominicano...). Un país en el que la literatura va, por desgracia, en pocos casos más allá de ensayos políticos sobre sus políticos, escritos por políticos que aspiran a mejores cargos políticos. Basura endogámica pagada para la autocomplacencia y el lamboneo (peloterismo en dominicano) que colapsa las pocas editoriales (las que quedan que no publican biblias de todas las religiones verdaderas), y que tapona la publicación de más textos, o bloquea directamente la difusión a nivel de calle de las obras reales de la literatura mundial, en un país en el que comprar un libro es una epopeya digna de ser narrada y un bien tan escaso que apenas cinco o diez centros en todo el país lo tiene.

Nada de esto hay en El precio de los sueños. Contada por un narrador omnisciente, la historia se desarrolla entre las calles de un barrio de La Romana, capital de la provincia del mismo nombre, y donde conviven los habitantes más pobres del país, los haitianos que cortan caña para la Central Romana, hasta los multimillonarios que disfrutan de casas de ensueño en el complejo turístico Casa de Campo, y que corre hasta las calles de la gran metrópoli, Nueva York.

Es de uno de los barrios de la ciudad caribeña donde surgen varios de sus protagonistas principales, Dante Castillo, Danny Paulino, Lucy, Papito, o el burdel de Marisol (“garciamarquecino”, con perdón, total), cada uno de ellos tan bien definido que no me ha costado ningún esfuerzo relacionarlos con gente que conozco en el país.

El protagonista principal, Dante, es un joven angustiado por la miseria en la que vive su madre y sus hermanas, avergonzado de su propia falta de personalidad y humillado por el despliegue económico de un vecino narcotraficante, Danny Paulino, visto por todos como el gran héroe local, y que decide cambiar su suerte participando en la aventura de cruzar en “yola” (patera o cayuco en otras versiones de la misma porquería de embarcación) a la isla vecina de Puerto Rico, paso previo para el desembarco a los Estados Unidos, donde el único camino que se le presenta es seguir adelante tras los pasos de héroe local, Danny Paulino.

Dinero, sexo, opulencia, remordimiento y traición, pero sobre todo una fotografía a una de las realidades dominicanas más en boga en estos últimos años, convierten a la obra del señor Enrique García Jorge en un excelente catalejo desde el que observar su futura producción.

Desconozco si la obra tiene difusión fuera de la República Dominicana, pero si alguien quiere acercarse a esta obra, yo me comprometo a hacerle llegar un ejemplar.

Resumen del libro (editorial)

Da la impresión de que Enrique García Jorge se preparó muy bien teóricamente sobre el tema de los estupefacientes. Lo del barrio, que está muy de moda hoy en día en la narrativa, está extraordinariamente bien expresado, producto de una observación que el autor ha hecho de su entorno, cosa propia de aquellos que tienen verdadera garra de escritores. Igual ocurre con lo que tiene que ver con lo del desarraigo cultural de la diáspora, uno de los temas referenciales que están mejor manejados.

En palabras del escritor dominicano William Mejía.

La vieja sirena, José Luis Sampedro


La vieja sirena es una novela histórica en mayúsculas, pero en mayúsculas, negrita, subrayado y cursiva.

Es además una historia de amor no convencional.

Es también un cuento.

E incluso una novela mágica.

Es todo esto y más.

Leí hace unos años La sonrisa Etrusca, del mismo autor, y me encantó. Ahora he tenido mi segundo acercamiento a la obra del señor Sampedro, y me ha maravillado la capacidad que tiene este autor para novelar. No se parecen en nada ambas novelas, diferente estilo, temáticas tan alejadas como la luz y la sombra, pocos personajes en la primera, infinitos en la segunda. Magnífico.

Narra la novela la vida de un ser mitológico que decide ser humano, y por lo tanto mortal, y es desde esa caducidad decidida que plasma su vida con una fuerza infinita en la que el dolor, el amor, el gozo y el sufrimiento no sólo son parte de la existencia, sino que la conforman. En un entramada histórico de excelente factura, de una documentación exhaustiva y una rigurosidad perfecta, nos sumerge el señor Sampedro en los últimos días de gloria de la ciudad de Alejandría, así como del imperio romano y persa.

Un escenario tan bien creado que no se ven en él restos de brochazos, maderas mal clavadas o telas rasgadas. Una ambientación que soporta las vidas de los protagonistas, Glauka (la de los mil nombres), Krito, y Ahram, además de todos los secundarios que aparecen.

Un ambiente mágico, quizá un poco cursi a veces, pero siempre narrado con una fuerza y una pasión vital excepcionales. Muchas de sus páginas en primera persona, en boca cambiante según quien narre, el mejor modo para explicar los sentimientos y los diferentes puntos de vista que cada uno de ellos tiene de las diferentes situaciones.

El crecimiento de cada uno de ellos, un crecimiento vital acompañado de la decadencia física, con frases tan excepcionales como "la vida es un laberinto imenso, mucha gente se queda donde nace en el patio, en un cuarto, pero hay miles de habitaciones, y sectores en ruinas, sótanos y azoteas, puertecitas medio ocutlas, y un dios en cada estancia, muchos y todos el mismo...", o "sobrevivir, quien no está a todas horas sobreviviendo no está en realidad vivo, lo humano es sobrevivir en la conciencia de la muerte...". Extraordinario.

Sólo le encuentro un punto negativo: la novela es excesivamente larga. Hay muchos pasajes muy repetitivos, demasiado abundantes en la misma idea, y eso hace que la novela pierda intensidad en muchos tramos y aburra un poco.

Sin embargo está tan bien escrita que es una lección de literatura en cada página. Sobre todo para los que nos gusta la novela histórica, o que incluso nos hemos atrevido con ella. Un ejemplo del género alejado de la urgencia editorial, alejado de las tramas sencillas y rápidas para publicar lo más pronto posible. Un libro para lectores disciplinados.

Es en resumen una novela sobre la Vida, muy bien escrita, llena de interpretaciones, de signos, de señales que aplicar en nuestro propio devenir. Una lección de amor sin complejos, sin barreras, sin posicionamientos ni posesiones. Un amor entregado a todos, desde todo, desde el corazón al cuerpo, desde la profunda reflexión al sexo en grupo. Una bofetada en nuestra moral occidental, la más "abierta" en la historia de la humanidad como muchos ombligos quieren creer.

Resumen del libro (editorial)

Una imborrable lección de amor. Egipto, siglo III. Dos grandes imperios, el romano y el persa, inician una lenta decadencia. La protagonista, envuelta en su belleza y misterio, recorrerá un apasionante itinerario hasta llegar a Alejandría, donde dos hombres marcarán su destino: Ahram el Navegante, hombre de acción sediento de poder, y el filósofo Krito, poseedor del don de la palabra...La vieja sirena es un apasionado canto a la vida en una novela que es tanto recreación histórica como relato fantástico de inusual lirismo y sensualidad, tanto reflexión humanista sobre el poder como aguda parábola sobre nuestro inestable presente. Una hermosa y exuberante novela so- bre el amor y la capacidad de entrega, y una aguda y penetrante reflexión sobre el poder. Una de las obras más celebradas de José Luis Sampedro, en la que honda raíz humanista que impregna toda su obra consigue las más altas cotas de belleza literaria.