El cuarto hombre, Bryan Forbes


Reconozco que es de los pocos libros de espías que he leído que me ha gustado, y que no es de John Le Carré.

Recuerdo haber leído hace ya bastantes años El Caso Bourne, la saga completa del analista de la CIA Jack Ryan, creado por Tom Clancy, y alguno más seguro que ahora no recuerdo (tipo Best Seller), pero que no eran libros de espías al estilo de Le Carré, sino más bien novelas de acción, trhillers. De hecho la mayoría de ellos se han convertido en películas referentes de esta línea.

Con El cuarto hombre, del señor Bryan Forbes, he recuperado la figura de las centrales de espionaje, en un contexto histórico de espías, y en un ambiente típico de espías. Sin embargo en ningún momento de la novela se habla de espías. Es decir, la portada del libro (hombres grises con gabardina y sombrero), el título, la extensa sinopsis de la pestaña interior, todo me hacía pensar en una novela de espías de verdad. El tipo con la gabardina, a media luz en una esquina, fumando cigarrillo tras cigarrillo mientras espera a que llegue su contacto, pero que por desgracia no vendrá nunca porque ha sido descubierto y su cuerpo flota en el Támesis. Esa era la trama que me esperaba al abrir la primera página de la novela, y sin embargo me he encontrado con algo totalmente diferente.

El cuarto hombre, desde mi punto de vista, no trata de espías, sino de la tormentosa vida de un hombre excepcionalmente inteligente, admirado socialmente, pero que es incapaz en toda su vida de encontrar un amor verdadero. Nadie a quien amar, y nadie que le corresponda. Un amor, el que fuera, de sus padres, de sus amantes, o incluso de sus amigos, sin lograrlo, y con la única persona que más o menos consigue mantener algo parecido a un amor, es autodestructivo y abusador.

Dos personajes principales, Theo Gittins el hombre atormentado, homosexual, inteligente, escritor de éxito, "gentleman" inglés, y espía doble ruso por llevar la contraria, y su primo, leal, heterosexual, amado, escritor también de éxito pero no brillante, y la única persona que en toda su vida amó, desde una amistad profunda, a Theo, el señor Tom Steern.

Tom, serio, convencional, esforzado, de padres humildes, envidia durante una buena parte de su vida a su primo Theo, desvergonzado, homosexual, más bien vago en apariencia, de buena familia, notorio estudiante de Cambridge (donde es reclutado por el servicio de inteligencia ruso), bien situado socialmente, a quien parece que la vida le sonrie continuamente. Ambos, Tom y Theo, son escritores, pero lo que a Tom le cuesta sobre manera, a Theo le resulta poco más que un "divertimento", tanto en su carrera profesional, como vital.

Sin embargo, bajo esta imagen más o menos normal de envidias en bastante relaciones de amistad, quien de verdad envidia a alguien es Theo, que vive una doble vida de frustración, miedo y duda que mantiene ajena al resto de la humanidad, incluso a su mejor amigo, y primo, Tom.

Un secreto que mantiene hasta su tumba y que el señor Forbes desentraña con bastante maestría.

El lenguaje, a pesar de ser una novela con más de treinta años, es extremadamente actual, frases como "He observado con frecuencia que el pecado capital americano consiste en ser descubierto. No importa demasiado lo que uno haga, lo que cuenta es no ser atrapado al hacerlo" podrían colocarse perfectamente en cualquier novela actual, así como la mayoría de sus personajes y muchos de sus paisajes. Quizá, y para terminar, sí he echado en falta algo más de acción, algo más de calidez. La flema británica, que tanto me gusta, ha calado demasiado en la historia enfriándola como los adoquines de Fleet Street 1.

Ya digo, no hay gabardinas ni hombres fumando en la penumbra, pero sí agentes dobles, guerras, amores, sexo, traiciones, y acción. Todos los ingredienes del gran escenario en el que el personaje de Theo nace, crece y muere, esta vez sin reproducirse, en una farsa extraordinaria sobre la lealtad y la traición, como muy bien describe la frase promocional que figura en la novela.

Resumen del libro (editorial)

Podría decirse que este relato es un habilísimo trabajo de engaste entre realidad y fantasía, o, si se prefiere, entre ciertos datos de la historia reciente y una hipótesis muy verosímil presentada aquí como el quid de la cuestión. Porque, ¿Quién puede asegurar a ciencia cierta que no existió un cuarto hombre en el sonado caso de Burgess, Maclean y Philby, los impecables gentleman británicos que du­rante arios se dedicaron al espionaje -o traición, según se mire- a favor de la Unión Soviética?

En EL CUARTO HOMBRE, los protago­nistas, Tom y Theo, primos y coetáneos, escritores ambos, vinculados por una solida amistad, tendían que ver con aquel misterioso episodio: pero de muy diversa forma. Precisamente porque a pesar de tantos rasgos en común y de tantos íntimos lazos, son, en el fondo, extraños. Y habrá de transcurrir toda una existencia para que, final mente, uno de ellos tenga la certeza de que el otro era el cuarto hombre.

EI lector conocerá por anticipado el de­senlace de esta intriga. Sin embargo, le­jos de restar interés, este detalle añade un elemento más al sutil juego de ambigüedades y revelaciones que el autor va tejiendo con una penetración psicológica nada común. EI resultado no es tan solo un vivo retrato de una época, de una sociedad, de un estilo, sino toda una interpretación de los móviles ocultos, las se­cretas tensiones, las causas y finalidades de las acciones humanas. Y en esta pro­funda y compleja humanidad reside, tal vez, el mayor encanto de esta novela in­geniosa y caustica, divertida y perturba­dora, rica en sorpresas que revelan la otra cara de la más cercana realidad.

1. Calle de Londres celebre por ser sede tradicional de la prensa inglesa (N. del T.)
Una de las alegrías de la novela, volver a reencontrarme con las denostadas N. del T.

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