Pantaleón y las visitadoras, Mario Vargas Llosa


Al capitán Pantaleón Pantoja le encomendaron la peor de todas las misiones posibles, la que más problemas podría crear a cualquier hombre de la división de Intendencia del Glorioso Ejército del Perú, a cualquiera menos a Pan Pan.

¡Qué historia! No sé en qué momento a alguien se le puede ocurrir una historia como la de las visitadoras, SVGPFA, si realmente esto se planteó alguna vez como algo serio y el autor lo aprovechó para novelarlo, o bien si fue de su propia cosecha, pero fuera como fuera crear una historia tan extraordinaria de un hecho como llevar prostitutas a los cuarteles más apartados del Amazonas peruano, para que los soldados no cometan atrocidades, como algo de lo más cotidiano es de mucho mérito.

Narrada en buena parte a través de los partes militares que el propio capitán de Intendencia, Pantaleón Pantoja, dirige a sus superiores sobre el estado de cumplimiento del servicio que le han encomendado es un gran acierto. Valga un ejemplo de los partes tipo:
Dios guarde a Usted. Firmado Capitán EP PANTALEON PANTOJA c.c. al general Felipe Collazos, jefe de Administración, Intendencia y Servicios Varios del Ejército y al general Roger Scavino, comandante en jefe de la V Región (Amazonía). Fecha de la visita del convoy número 32: 3 de noviembre de 1957. Medio de transporte y personal: Barco Eva. Jefe del convoy: Chino Porfirio. Visitadoras: Coca, Pechuga, Lalita, Sandra, Iris, Juana, Loreta, Brasileña, Roberta y Eduviges. Permanencia en la Guarnición: seis (6) horas, de las 14 a las 20. Número de usuarios y desarrollo de las prestaciones: Ciento noventidós (192) usuarios. Imprevistos: La Asistencia Médica de esta unidad descubrió, viajando en el convoy número 32, tramposamente vestido de mujer, a un polizonte, quien, entregado a la Prevención e interrogado admitió que había inventado ser una nueva visitadora de nombre Adriana, y descubriéndose la superchería cuando la supuesta Adriana inventó una enfermedad ante su primer cliente, el número Rogelio Simonsa, para no brindar la prestación por el sitio debido, proponiendo en cambio realizarla de manera sodomita o contranatura … confesó que siendo invertido pasivo desde hace muchos años, su verdadera intención había sido practicar su vicio con la tropa, para demostrarse a sí mismo que podía suplantar con creces a una mujer en funciones de visitadora.

Y éste es solo un mínimo ejemplo de la novela, si bien sirve para describir la prosa que la ocupa durante buena parte de la misma, no deja de ser un recurso más. El resto de la novela se describe desde diferentes puntos de vista, ahora en primera persona, ahora por un narrador omnipresente, y una buena parte de la presentación escrita a dos temas en el mismo diálogo, al estilo de la prosa de Conversación en la Catedral. Extraordinario.

Con ésta creo que cierro el capítulo Vargas Llosa después de haber leído casi todas sus grandes novelas. Me guardaré el Sueño del Celta, que descansa en mi librería para dentro de unos años, y Los cuadernos de Don Rigoberto (aunque ésta igual cae antes de tiempo). Me alegro de haber recobrado el apetito por la prosa de Vargas Llosa, que nunca por su persona ni por sus comentarios o ideas políticas.

Pantaleón y las Visitadoras era la última que me quedaba (sin contar con los mencionados Cuadernos de don Rigoberto) y reconozco que de nuevo me ha encantado su lectura. Como es capaz este escritor de envolver con un halo de dignidad un servicio de prostitución al por mayor, como ha conseguido que el lector se ponga de parte de don Pan Pan (como conocen las prostitutas al capitán) y pierda de vista la aberración que supone que veinte soldados abusen diariamente de cada una de las mujeres que integran el cuerpo de putas nombrado con el eufemismo de Visitadoras, como intercala con la trama principal otras de menores que entran y salen de la novela al más puro estilo guadianil, pero sin cuyas historias la novela no estaría completa. Como puede hacer entender al más ignorante de sus lectores la superchería indígena con la invención de la orden del Arca y sus hermanos. Es fascinante la facilidad de este premio Nobel para hacer sencillo algo que en realidad goza de una complicación extrema.

La envidia, la codicia, la superstición, la ignorancia, el abuso humano, los valores, la familia, las apariencias, la sacralización de estúpidas instituciones, pero sobre todo los más carnales instintos disfrazados por el ingenio humano (lo único que creo nos diferencia de los animales, la forma de enmascarar lo que ellos simplemente ejecutan por instinto), la ambición y la derrota, todo ello mezclado en cantidades perfectas para el deleite del lector.

Me cuesta mucho comprender como alguien puede imaginar en su cabeza una historia plagada de personajes e historias paralelas y después plasmarlo en una novela con total normalidad sin que las descripciones, los personajes, o los increíbles sucesos que en ella ocurren chirríen en ningún momento. Es de “traca i mocador”, como decimos en esa lengua que el señor Vargas Llosa y toda su caspa radioactiva eliminaría de un plumazo si tuviera el poder para hacerlo.

Una gran novela, una gran historia, unos grandes personajes, Chuchupe, Porfirio, Pechuga, el Tigre Collazos, Chupito, la Brasileña, doña Leonor y don Pantaleón Pantoja, quien debió haber acabado siendo un héroe y tuvo que conformarse con no haber cogido la tuberculosis. En fin, que viva Pantilandia, pero solo en las páginas de una novela.

Resumen del libro (editorial)

Pantaleón Pantoja, un capitán del Ejército recientemente ascendido, recibe la misión de establecer un servicio de prostitución pata las Fuerzas Armadas del Perú en el más absoluto secreto militar. Estricto cumplidor del deber que le ha sido asignado, Pantaleón se traslada a Iquitos, en plena selva, para llevar a cabo su cometido, pero se entrega a esta misión con tal obcecación que termina por poner en peligro el engranaje que él mismo ha puesto en movimiento. Así arranca la novela de Mario Vargas Llosa Pantaleón y las visitadoras, publicada en 1973 y llevada posteriormente al cine.

Mario Vargas Llosa utiliza esta anécdota para subrayar la hipocresía de las instituciones que se llaman ejemplares y del oficio más viejo del mundo. El eterno debate entre verdad y mentira, entre necesidad y virtud, y las perniciosas consecuencias que depara a veces la observancia rigurosa del deber son valores fundamentales de esta extraordinaria novela.

Concebida y ensamblada con pericia de maestro, Pantaleón y las visitadoras supone un giro en la obra narrativa de Mario Vargas Llosa. El realismo social presente en sus primeras obras da paso a una precisa dosificación del sentido del humor, la sátira y la ironía que enriquecen sin mesura el desarrollo de su peculiar universo literario.

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