El jefe iba descalzo, Marcio Veloz Maggiolo



¿Se puede hacer una novela dulce sobre un grupo de desarrapados que viven de la basura en el gran vertedero de Santo Domingo?

La respuesta es sí, como se puede hacer un merengue delicioso con: “a nadie le importa qué piensa usté', será porque aquí no hablamo' inglé'”, lo que ocurre es que estas cosas sólo están al alcance de unos pocos escogidos. Uno de ellos es el señor Marcio Veloz Maggiolo.

Este autor hace tiempo que viene “tentándome”, tanto con sus obras como con todas las referencias que he recibido de su trayectoria y de su persona. Las pocas personas que conozco que están interesadas en la cultura en República Dominicana hablan maravillas de este autor, que incluso tiene calles con su nombre sin haber cometido el imperdonable error de haber muerto. El señor Veloz Maggiolo, a pesar de su apellido italianizado, es de origen dominicano, Premio Nacional de Literatura en el país, y por lo que he podido comprobar, un excelente narrador, además de una gran persona según todas las referencias recibidas.

El jefe iba descalzo es una novela corta, de apenas ochenta páginas contando con algunas ilustradas, pero que retrata la miseria infinita de las clases más bajas de la sociedad caribeña con una redonda perfección. La música que parece invadir todo lo caribeño, como el curry la comida indo-asiática, se mezcla en esta novela en forma de conocimiento profundo de las gentes que retrata. Miseria, sinvergonzonería, pillería, envidia, amores, e ingenio infinito para salir adelante, se mezclan en el relato imaginativo del autor.

Partiendo de unas botas derrengadas, utilizadas por el dictador Trujillo allá por los años veinte, la novela va retratando los sentimientos y anhelos de pocos personajes, de tipos igual de miserables que las propias botas, con pasados casi gloriosos, y a los que el tiempo y la miseria han atropellado como un alud de basura que cayera desde lo alto de una loma.

Sin duda, una lectura muy recomendable, tanto por la novela y la historia en sí, como por el acercamiento al autor, de quien reconozco que ha despertado mi curiosidad y de quien buscaré con afán, como si fuera basura de primera, todas sus obras entre las pocas librerías de este magnífico (en todo lo demás) país.

Resumen del libro (editorial)

Cuenta la historia del hallazgo en un basurero de las botas preferidas del Generalísimo Trujillo Molina. Estas botas son encontradas por un obrero muy pobre del Cabildo de la ciudad de Santo Domingo. Mediante su historia, conocemos datos muy curiosos e interesantes de la vida cotidiana y la personalidad del Dictador.

Lo mejor que le puede pasar a un cruasán, Pablo Tusset

Sin duda la culpa es mía, pero he de reconocer que no me ha gustado demasiado esta novela.  Sé que cuando tenemos demasiadas expectativas en algo es difícil no sentirse decepcionado, y creo que es lo que me ha ocurrido con la ópera prima del señor Pablo Tusset.

Había escuchado tanto de esta novela, recomendaciones, una obra entre las cien imprescindibles de varias revistas de lectores, una película a sus espaldas, y ciento de miles de copias vendidas, que me esperaba otra cosa. Y lo que he leído no está ni a la altura de mis expectativas, ni lo que yo considero una buena novela. Hay que decir a mi favor que vengo de leer a Ray Bradbury, lo que impone, sin quererlo, un listón muy alto.

El señor Tusset recrea una novela basada en un personaje principal, Pablo Miralles, una especie de Baloo adicto al alcohol y a todo tipo de drogas, con una inteligencia superior, pero con una actitud ante la vida poco ortodoxa. De familia rica, el protagonista, que está de vuelta de todo, se ve envuelto en una trama familiar en la que su hermano, el heredero de la fortuna y el buen apellido Miralles, lo involucra deliberadamente y cuya situación se complica ante la desaparición de éste. Una historia toda ella que transcurre en la Barcelona de los años noventa. 

Este es un detalle que marca lo que menos me ha agradado de la novela, la continua referencia a iconos o imágenes de ese momento. Por ejemplo hace referencia en varias ocasiones a programas de televisión de esa época, lo que limita mucho la capacidad comprensora. Es decir, si un señor de Urugay lee que el protagonista se parecía al presentador X del programa X de Telecinco, no tiene ni idea de que le están hablando, y esta situación se repite en demasiadas escenas para mi gusto, con programas de televisión, famosillos de tres al cuarto de los que nadie se acuerda, marcas o productos que no son conocidos a nivel mundial, etc.

El autor intenta recrear la historia con un lenguaje divertido, desenfadado, utilizando formas fonéticas de frases en inglés, o de modismos típicos de algunas clases sociales o procedencias españolas, y cuajando la obra de palabrotas, pero creo que sólo consigue algo de frescura en breves ocasiones, dejando al resto de la novela invadido por un mal gusto excesivo. Y no lo digo porque yo sea precisamente un puritano de las letras, novelas como la saga de El laberinto de las aceitunas, de Eduardo Mendoza, o La maravillosa vida breve de Óscar Wao, de Junot Díaz, ya recrean este tipo de escritura, sin embargo, y a mi entender, lo hacen con la maestría que separa el genio de lo chabacano.

Después de toda la trama, una especie de juego de rol, o de fortaleza metafísica creada en la era medieval, no sé muy bien el qué, que debería dar sentido a muchas páginas de búsqueda del protagonista tras la pista de su hermano, se diluyen en una situación absurda. Pero no absurda por surrealista, sino por carecer de la fuerza necesaria para dar continuidad a la historia. Es como si en una novela de aventuras el protagonista subiera una montaña augurando una gran cumbre, con vistas impresionantes de la selva o un gran tesoro en su cúspide, y al llegar ni fuera cumbre, ni hubiera ningún tesoro más allá de un lecho fangoso rodeado de niebla… 

También creo que abusa de la repetición de los tics, o de las adiciones del protagonista. No hay una sola página en que no se fume un porro, por ejemplo. Ya ha quedado claro que Pablo Miralles consume marihuana y hachís, así como ingentes cantidades de alcohol, pero no creo necesario que cada vez que se envuelve un pito tenga que narrarlo: “se levantó y se hizo un porro, fue al baño y se hizo otro porro, se tomó un café y se hizo otro porro, se vistió y se fumó otro porro”, no me parece que aporte demasiado. Supongo que en el año de publicación de la novela igual la actualidad de la misma generó más entusiasmo del que señaló yo en esta reseña…, pero a mí no me ha generado excesivas simpatías.

Con un lenguaje no demasiado rico, soez en demasiadas ocasiones, una historia lineal poco creíble y un tanto absurda, envuelta en un entorno del que hoy apenas debe quedar nada, lo único que salvo con nota son las conversaciones metafísicas, que entre porro y porro, mantiene el protagonista con su colega de plataforma petrolífera, del que apenas sabemos su nombre y que fueron amigos en los años de juventud.

Resumen del libro (editorial)

¿Qué ocurre cuando Pablo Baloo Miralles, treintañero inadaptado y vacilón, holgazán, misógino, prostibulario, además de pariente pobre y conocido filósofo en la Red, se topa de hocicos con el misterio en un barrio pijo de Barcelona? A bordo de un deportivo con aire de pantera Bagheera, y con un humor inteligente, excéntrico y mordaz, Miralles nos conduce por una intrigante trama salpicada de alegrías etílicas, escarceos venéreos y páginas Web de dudoso contenido: el esclarecimiento de la repentina desaparición de su hermano, The First, presidente de Miralles & Miralles, la próspera empresa familiar. ¿Una fuga con la amante?, ¿la venganza de algún competidor estafado?, ¿un secuestro? Siempre de la mano de este tan impresentable como simpático Baloo de entre siglos, conoceremos a muchos personajes pintorescos: Gloria, la cuñada alcohólica con veleidades literarias; el patriarca Miralles, «difícil síntesis entre Winston Churchill y Jesús Gil»; el iracundo John, profesor de ontología en Dublín y coautor de una Teoría de la Realidad Inventada a medio postular; o la inefable Fina, heroína naïf de busto meritorio, cuyas aspiraciones románticas sobreviven a cualquier desaire. Pero lo que empezó como una misteriosa desaparición irá adquiriendo calidades oníricas y terminará llevando a nuestro Pablo Baloo hasta la Fortaleza: una invisible ciudadela incardinada en la entraña misma de esta nueva Barcelona de los prodigios. Este Pablo Miralles es un felicísimo hallazgo, y Lo mejor que le puede pasar a un cruasán, debut literario de Pablo Tusset, la novela más sorprendente, divertida y brillante de las últimas temporadas.

Fahrenheit 451, Ray Bradbury

“Atibórralos de datos no combustibles, lánzales encima tantos “hechos” que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices, porque los hechos de esta naturaleza no cambian. No les des ninguna materia delicada como Filosofía o Sociología para que empiecen a atar cabos. Por ese camino se encuentra la melancolía”

Este es uno de los párrafos de Fahrenheit 451, publicada en 1953, hace casi sesenta años, con que nos obsequia el señor Bradbury.

Para los millones de lectores que ya conozcan al autor, hayan leído esta novela o cualquiera de sus éxitos, les parecerá ridículo este artículo, y seguramente tienen razón. Opinar desde la ignorancia sobre algo en lo que ya se han pronunciado mentes insignes no carece de riesgo, pero para mí, que no conocía al autor, esta novela me ha sorprendido, me ha cautivado, me ha absorbido y me ha hecho pensar. Fahrenheit 451 se trata, además de la temperatura a la que quema el papel, de una novela corta, o un cuento largo, no lo sé con seguridad porque uno de las tantas carencias que ofrece la lectura en formato digital es la falta de información en cuanto a la longitud de los textos, así que me definiré por novela corta escrita en 1953, y ambientada en un presente imaginario en el cual el entretenimiento es la base de la sociedad. 

Un mundo tan vacuo y banal en el que las paredes de las casas son grandes televisores que dirigen sus mensajes de forma que parezca que son personalizados para cada televidente, así los personajes de televisión se convierten en una especie de familia con la que conversar de vaguedades y cuyo único fin es hacer ruido para llenar espacios. Una sociedad aletargada e idiotizada por ley, viva a base de pastillas de todas las formas y colores, incluidas las anestesiantes y somníferos, que deforman tanto la realidad exterior como la interior para hacerla soportable. Una vida en la que los sentimientos, ni siquiera la vida, el odio, el amor o la muerte, tienen el peso suficiente para calar en los habitantes de ese mundo.

El señor Bradbury coge nuestras vidas, nuestros valores, nuestros anhelos, nuestra cultura, a nosotros, y nos pasa por uno de esos espejos de feria. Afila los bordes, acentúa los defectos, estira las diferencias, enfatiza la estulticia, engorda la soledad y nos presenta una situación tan absurda como terroríficamente posible. Una sociedad en la que los pensantes, los filósofos, los escritores, los inquietos, los lectores de cualquier texto con más letras de las que contiene la etiqueta de un frasco de champú, son perseguidos y encarcelados, cuando no directamente quemados por un cuerpo de bomberos cuya única función es, no la de apagar fuegos, sino la de encenderlos. 

Un cuerpo de bomberos al que pertenece el protagonista de la novela, Guy Montag, y cuya imagen, armado con un lanzallamas quemando las casas que contienen cualquier atisbo de cultura, es demoledora. Un bombero cuyo trabajo es quemar libros, y a las personas que los poseen si se aferran a ellos, y que de repente empieza a preguntarse porqué entre hombres que durante toda su vida sólo se han preguntado cómo. Un hombre que se ve en la encrucijada de seguir su vida banal e insulsa, pero tranquila, o de iniciar una pérdida de todo para conseguir comprender. Dejarse llevar por la eterna curiosidad que sólo lleva a la frustración del no conocimiento, del saber que a más se conoce más conciencia se tiene de lo que se ignora, del dolor de saberse nada. Un camino que conduce a un yo prohibido y que el señor Montag desea recorrer para nuestro deleite-

Con un estilo muy diferente al de Capote o  Fitzgerald, Bradbury también recrea una crítica a nuestra sociedad, pero más dura, negra y sórdida. Unas letras cargadas, no pesadas o aburridas, cultas, densas, afiladas como la semilla del árbol de mangle que se clava en la conciencia como la planta en el mar, y que nos obliga, aunque sea por momentos, a plantearnos si somos tan evolucionados como creemos o simplemente una especie que debe ser salvada de la curiosidad a base de ruido y chorros de queroseno inflamable. 

Sin duda es una de las mejores novelas que he leído. Va un último “tast” de las letras de Bradbury:

“El mundo corría en círculos, girando sobre su eje, y el tiempo se ocupaba en quemar los años y a la gente, sin ninguna ayuda por su parte”

Quizá el consuelo de leer esta novela en los pañales del siglo XXI en lugar de haberlo hecho a finales del pasado es que, gracias a los libros electrónicos, el cuerpo de bomberos libro-pirómanos que da nombre a la novela nunca conseguiría éxito en su cometido en esta nueva realidad, aunque como dice un amigo mío (y a quien debo el acercamiento a Bradbury), no nos podemos fiar porque ellos siempre encuentran la forma.

Resumen del libro (editorial)

Fahrenheit 451: la temperatura a la que el papel se enciende y arde. 
Guy Montag es un bombero y el trabajo de un bombero es quemar libros, que están prohibidos porque son causa de discordia y sufrimiento. El Sabueso Mecánico del Departamento de Incendios, armado con una letal inyección hipodérmica, escoltado por helicópteros, está preparado para rastrear a los disidentes que aún conservan y leen libros. 
Como 1984, de George Orwell, como Un mundo feliz, de Aldous Huxley, Fahrenheit 451 describe una civilización occidental esclavizada por los medios, los tranquilizantes y el conformismo. 
La visión de Bradbury es asombrosamente profética: pantallas de televisión que ocupan paredes y exhiben folletines interactivos; avenidas donde los coches corren a 150 kilómetros por hora persiguiendo a peatones; una población que no escucha otra cosa que una insípida corriente de música y noticias trasnmitidas por unos diminutos auriculares insertados en las orejas. 
"Fahrenheit 451 es el más convincente de todos los infiernos conformistas".