Amor en minúscula, Francesc Miralles


Creo que lo único que tiene esta historia de minúscula es el título, porque por lo demás, la trama, los personajes, el ritmo y la delicadeza con que está escrita son mayúsculos.

Ya he comentado en otras entradas dedicadas a las obras del señor Francesc Miralles mi admiración por su persona, mi gratitud con él y la amistad, en la distancia, que nos une, y sin embargo no había leído hasta ahora la que dicen que es su mejor obra, “Amor en minúscula”, traducida a dieciocho lenguas y con miles de lectores escondidos entre sus páginas. Por fortuna, lo bueno de los libros es que, a diferencia de otras cosas, no caducan y he podido adentrarme en la historia de Samuel como si el autor la hubiera escrito ayer mismo sólo para mí.

Samuel, el personaje principal y en quien yo he visto un álter ego del propio autor hasta el punto de imaginarlo con el rostro y las maneras de Francesc, recibe una visita sorpresa el día de año nuevo, un gato al que bautiza como Mishima y que se convierte, muy en contra del propio Samuel, en la palanca que abre el hermético mundo en el que el profesor de lenguas germánicas se ha protegido del exterior.

La historia en sí realmente no tiene mucho de novela, pues es una historia sencilla de leer, plagada de referencias a otros libros (algunos de los cuales ya están en la fila de próximas lecturas), de cuentos, historias de personajes o de autores, y de citas maravillosas, una táctica que ya empleó Miguel de Cervantes para su Don Quijote y que permite ir rellenando páginas al estilo de un DJ que va haciendo sonar música para el deleite de la sala que tiene bajo sus pies, pero sin haber compuesto ni una de las notas que allí suenan. Por supuesto, no es así con "Amor en minúscula", pues si bien el autor intercala piezas externas entre sus letras, la novela sí la ha escrito él y todas las referencias que introduce forman parte de la trama consiguiendo lo que realmente me ha parecido extraordinario de la novela, la gran armonía de la misma.

La historia de “Amor en minúscula” es la búsqueda de la felicidad por parte del personaje principal, quien sencillamente se había olvidado de ser feliz, se había olvidado de vivir, encerrado en su apartamento, sus letras, sus gustos y sus cosas, y que por culpa de algo tan nimio como la aparición de un gato, se va dando cuenta de su situación y emprende camino tras la vida. En ese camino, como en todos los viajes, surgen nuevas opciones, sorpresas, personas, lugares y situaciones que jamás habría vivido de haber permanecido en el encierro en el que se encontraba.  Un viaje que el señor Miralles narra como si fuera una pieza de música ligera, suave, armoniosa y delicada, en unas letras que parecen flotar alrededor del lector como si alguien las susurrara, como si el lector fuera ese niño que duerme ausente mientras sus padres recitan frases de amor en sus oídos para que goce de un sueño tranquilo y feliz.

Así me ha hecho sentir la historia de Samuel, de Francesc, como si yo fuera ese niño que dormita tranquilo arropado por una sinfonía de letras, de historias, de anécdotas, de personajes, de ternura y esperanza de lo cotidiano a modo de plumón nórdico en noche de frío.

Quizá la palabra que pudiera definir esta novela es esperanza, porque mientras que en la segunda parte de la misma, “Wabi-Sabi”, se ensalza la belleza de las cosas cotidianas, en “Amor en minúscula” se realza la importancia de las pequeñas cosas, de los pequeños cambios que hacen válida la gran frase del Capità Enciam (el Capitán Lechuga) de mi niñez y cuyo leitmotiv era “Els petits canvis són poderosos” (los pequeños cambios son poderosos), algo que se demuestra en la vida de Samuel con la rotundidad de un experimento científico exitoso.

Cargada de personajes singulares, el anciano Titus, el gato Mishima, el singular Valdemar, Meritxell, los anhelos encarnados en Gabriela, y el propio Samuel, la novela nos llena de esperanza, y muy especialmente a aquellas personas que coqueteamos con la soledad, que nos gusta sumergirnos en esa bruma donde nos sentimos a gusto, cómodos, protegidos y seguros entre nuestras cosas, y nos pone un pequeño candil frente a los ojos cargado de esperanza, de aliciente por la búsqueda de la felicidad, del amor, de la alegría compartida de vivir. Pero que nadie piense que en las letras del señor Miralles encontraremos a un Coelho escondido, nada más lejos de su narrativa. Aquí la esperanza y la alegría de vivir son cotidianas, reales, tiernas y deliciosas como un plato casero. No busca el autor que dejemos todo y nos vayamos a vivir al desierto, o al Tíbet, ni que vivamos cada día como el último de nuestras vidas (qué pereza), no, Francesc nos invita a encontrar en las pequeñas cosas los destellos de felicidad que se esconden en ellas, a no dejarnos invadir por el “mono no aware”, la tristeza de las cosas en japonés, y que se posa sobre la vida como el polvo en una casa si no pasamos el cepillo a diario. 

Realmente la novela me ha fascinado, me ha dejado un poso de alegría contenida, de esperanza en lo cotidiano, de saber que es posible ser feliz con las cosas pequeñas sin la necesidad de grandes viajes, de grandes cambios, de grandes aventuras de las que su sola magnitud nos espanta. La confirmación de que se puede ser feliz y amar y ser amado en minúsculas, sin grandes mayúsculas ni negritas, y la alegría porque su obra ha sido para mí mi gato Mishima.

Resumen del libro (editorial)

Samuel despierta la mañana del 1 de enero convencido de que nada nuevo le traerá el año recién estrenado hasta que un extraño visitante irrumpe en su apartamento dispuesto a no abandonar su posición. Se trata de un joven gato callejero al que se ve obligado a adoptar. La aparición de Mishima va a ser el principio de la increíble transformación que está a punto acontecer en el hermético mundo que ha construido a su alrededor. Una inteligente, divertida y tierna historia que conmoverá al lector y le desvelará pequeños secretos para una vida más plena.

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