Avenida de los misterios, John Irving


John Irving es uno de mis escritores favoritos, de él son tres de las mejores novelas que he leído jamás, El mundo según Garp, Príncipes de Maine, Reyes de Nueva Inglaterra y Una mujer difícil. He leído también Última noche en Twisted River, magnífica, y alguna más, y tenía muchas esperanzas en su última novela, hasta el título me parece maravilloso, Avenida de los Misterios, pero por desgracia creo con esta novela el señor Irving nos ha gastado a todos una broma gigantesca, una broma de dimensiones cósmicas, porque de no ser así no le veo ni pies ni cabeza a este último proyecto.

La trama es excelente, Juan Diego y su hermana Lupe son dos niños que viven de recoger basura en el vertedero mexicano de Oaxaca, vástagos de una madre que combina la limpieza del convento jesuita con la prostitución y sin padre conocido, ambos tienen unas habilidades únicas. Él, Juan Diego, ha sido capaz de aprender a leer sin ayuda a través de los libros abandonados en el vertedero, y Lupe, su hermana menor, tiene la habilidad de leer el pensamiento de las personas, pero se expresa en un lenguaje único que sólo su hermano es capaz de comprender. En esa niñez asquerosa, los dos niños son felices, pues al fin y al cabo casi todos los niños son felices si reciben afecto, y ellos son acreedores del mismo a través del capataz del vertedero, Rivera, el jefe, la única figura paterna que reconocen. Rodeados de prostitutas, basura y miseria, los niños son medio acogidos por un hermano jesuita y su nuevo discípulo, un norteamericano recién llegado a Oaxaca, que ven las características especiales de los hermanos e intentan darles una mejor vida.

La historia, además de en este plano de la infancia de los niños, corre en la edad adulta de Juan Diego, cuando ya se ha convertido en un escritor de éxito (como no podía ser de otra forma) y emprende un viaje a Manila para cumplir la promesa que hizo de niño de visitar la tumba del padre de un americano muerto en el vertedero. Esa promesa, que no pudo cumplir el americano incinerado en Oaxaca víctima de las drogas, sexo y rock&roll, es lo que arrastra a un ya enfermo Juan Diego, residente en Iowa, a emprender semejante viaje donde, apenas en los primeros compases del mismo, conoce a dos lectoras admiradores, madre e hija además, que se mezclan en sus planes y lo arrastran en las más inverosímiles situaciones en el camino a Manila.

A pesar de ser un hombre rico, Juan Diego nunca olvida sus orígenes, nunca deja de pensar en su hermana Lupe, fallecida en la niñez y clave de la historia, ni en ninguna de las personas que conoció en su infancia, pero tiene un problema, y es que esos recuerdos sólo acuden a él en sus sueños, momento en el que vuelve a ser el pequeño niño lector del basurero y a acariciar la felicidad perdida de la niñez. Por desgracia, la medicación que requiere su enfermedad (Lopressor, un betabloqueante) bloquea estos sueños y los hace cada vez más complicados de alcanzar, ante lo que el escritor sólo tiene dos opciones, medicarse para estar bien y no soñar, o dejar de medicarse y volver por las noches a gozar de la compañía de la única familia que conoció. Y es en esa dicotomía entre la historia que le ocurre en el tiempo presente, en el Juan Diego adulto camino de Manila y su aventura con las dos mujeres que se lo rifan para tener sexo, y la historia de su niñez que se desgrana cada vez que el escritor se duerme, que transcurre la novela.

En verdad la historia es magnífica, la prosa exquisita, como no podía ser de otra forma, la idea maravillosa, y  los personajes, especialmente los que acompañan a los niños, increíbles, extraordinarios, una suma de elementos que convertirían a cualquier novela en una obra de arte. Sin embargo, y aún a pesar de tener una historia, prosa y personajes controladas con precisión de genio, creo que el señor Irving nos ha gastado una broma porque, en mi opinión, la trama es un engaño temible, y muy especialmente la parte de la edad adulta del escritor.

En la edad infantil se combinan las maravillosas historias de Lupe, del yanqui guapo, de Flor, una travestí prostituta, de Edward, el que lleva sus propios equipos de flagelación y a quien Juan Diego conoció el día que se quedó cojo de por vida, del doctor Vargas, de los integrantes del circo La Maravilla,…, unos personajes de una fuerza tan impresionante que te dejan sin habla, al tiempo que se pierden con pesadas disertaciones sobre la virgen de Guadalupe y la virgen María que aburren al lector. Y esa es una de las partes que más me sobró, no comprendí por qué el autor se entretiene tanto en poner una pelea dialéctica contra la iglesia católica en boca de sus personajes, una discusión ridícula que además atraviesa la barrera del tiempo y sigue con el Juan Diego adulto y sus discusiones con un alumno de sus cursos de escritura. Un punto que no me gustó, como tampoco comprendí el exceso de presencia de las dos mujeres, la madre y la hija, que arrastran al hombre de un lugar a otro y se lo follan tantas veces como quieren, acabando siempre el pobre sin recordar si se había tomado sus betabloqueantes o las píldoras de Viagra. No desvelaré el origen de estas dos señoras para no reventar la trama, pero incluso ese secreto que el autor guarda como un tesoro hasta el final de la novela me dio la sensación de que formaba parte de su gran broma. Claro que incluso Mozart, gastando una broma a sus contemporáneos, escribió La flauta mágica, así que mucho cuidado con esta novela del que para mí hace tiempo que merece un Nobel, porque igual en unos años la vemos convertida, quizá de la mano del cine, en una obra maestra de culto obligado, por más que le pese a la Virgen María o la trigueña Guadalupe.

Resumen del libro (editorial)

Juan Diego, un maduro y exitoso escritor de origen mexicano que reside en Iowa, acepta una invitación a viajar a Filipinas para hablar de sus novelas. En el curso del viaje, lleno de peripecias y mujeres insinuantes, sus sueños y recuerdos, no se sabe si por efecto (o falta) de la medicación que debe tomar, le retrotraen a su infancia: Juan Diego fue uno de los llamados «niños de la basura», crecido en un inmenso vertedero de Oaxaca. Si él leía con pasión los libros que rescataba entre la inmundicia, a su vez su hermanastra Lupe, una niña muy peculiar, era capaz de leer —peligrosamente— la mente de quienes la rodeaban y entrever su futuro. Hijos de una prostituta, ambos sobrevivieron gracias a la protección de uno de los capos del vertedero, hasta que, cuando Juan Diego tenía ya catorce años, sufrió un accidente que cambió su destino para siempre.

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