La última noche en Twisted River, John Irving

Todavía resuena en mis oídos el tiro que anticipaba Dominic Baciagalupo sobre su propia muerte, y la última sonrisa que dirigió a su hijo. La rudeza de Ketchum, y el desagradable olor de los pedos de Héroe. Todo en mi cerebro removido por un “Turmix” de recuerdos que no sé si son míos o de los personajes de la última novela de John Irving.

Es muy difícil explicar que se siente al leer una novela como ésta, de casi setecientas páginas, en un breve artículo para un blog. No me atrevo a hablar de técnica literaria porque este señor es un maestro y cada letra, cada signo, cada cosa está en su “maldito lugar”, como habría dicho el propio Ketchum, ni de los personajes, a quienes acabas conociendo más que a tu mejor amigo, documentación, paisajes, situaciones, tiempos, todo calculado al milímetro, perfecto, así que sólo queda explicar que he sentido al adentrarme en un universo tan increíble como el del señor Irving.

Para mí, La última noche en Twisted River es el cuarto as, el que le faltaba para completar una mano perfecta. Junto a Príncipes de Maine, El mundo según Garp, y Una mujer difícil, esta novela es una pieza digna de ser venerada, una novela para guardar en el estante de las extraordinarias, de las de caer la baba, de las de releer en un par de años, de las de chulear ante el mundo porque tú fuiste uno de los elegidos que la leyó, de las de dar gracias por haber tenido la fortuna de leerla.

Lejos de la última del autor que cayó en mis manos, La cuarta mano, que no me gustó demasiado, esta vez he disfrutado tanto con la lectura que incluso reconozco que me ha afectado en mi trabajo, y en mis relaciones personales. No conseguía abstraerme a la historia ni siquiera cuando dejaba la ficción en la mesilla de noche. La cohorte de personajes seguía conmigo allá donde iba, aprovechando cualquier situación de debilidad en mi quehacer diario, para explicarme, hablarme de sus vidas, de sus sentimientos, de lo mucho que nos afectan las decisiones tempranas en el devenir de nuestras vidas futuras.

Reconozco que los primeros capítulos se me hicieron bastante cuesta arriba. El ambiente, la presentación inicial de los personajes, las continuas referencias a lo que pasaría en el futuro, el tema, madera, madereros, mal tiempo, tipos rudos, comidas malas, personajes extraños y lejanos que no comprendía, y que tampoco hacían nada para que los dejara entrar, hasta que poco poco a poco, con el transcurrir de la novela, esta impresión inicial cambia de una forma impresionante, metiéndote en sus páginas como los troncos de las compañías madereras corren por el río en las primeras páginas de la novela.

En una entrevista que leí hace bien poco, realizada durante la promoción de su novela en Barcelona, Irving explica que es difícil la adaptación de sus novelas al cine porque todavía no se ha resuelto bien el paso del tiempo en una película, y es cierto. Basta ver adaptaciones como El amor en los tiempos del cólera, o La casa de los espíritus, por nombrar dos que me vienen ahora a la mente, en la que no ves a los personajes, sino a tipos/as cubiertos/as de maquillaje hasta las cejas (nunca mejor dicho) y que sólo consiguen ridiculizar sus papeles. Eso ocurriría con una novela como ésta, es imposible disfrutarla fuera de las páginas impresas (dudo que sintiera lo mismo con un e-book…) porque abarca más de cincuenta años de historia, de historias y de lo que le pasa a la gente durante un periodo tan largo de vida.

Por poner algún pero, para mí quizá sobrarían los posicionamientos políticos de los capítulos finales, pero también comprendo que el tiempo de esos capítulos transcurre después del desgraciado 11 de septiembre de 2001, y en un momento así es casi imposible no hablar de política, ni de la estupidez que demostraron una parte de los americanos liderados por George Bush. Tampoco me he sentido del todo cómodo en algunas historias que parecen extremadamente autobiográficas, y que parece que el autor haya utilizado las páginas de su novela para sacarse alguna puya clavada, como cuando se venga de un vecino que tiene perros y que atacan al protagonista, o al conductor, de la novela, que también es escritor, más o menos de la misma edad que John Irving, y corredor, pero quién podría acusar a alguien de hacer esto. Es justo reconocer que igual son imaginaciones mías y que todo forma parte de la imaginación exacerbada del autor.

Estas son las dos tonterías negativas, y no mucho, que podría resaltar, porque lo que de verdad importa en la novela, la historia y los personajes, qué sienten y cómo, es de una factura exquisita, como los platos que prepara uno de los personajes más queridos de la historia, un hombre afable y que te cae bien desde la primera vez que abre la boca.

La pareja que forman padre e hijo, Dominic y Daniel Baciagalupo es extraordinaria, un amor paternofilial brutal, de una dureza y un nivel que, para mí, es el eje que consigue la grandeza de la novela. Quizá alguien vea en Ketchum ese eje, pero yo me he sentido Baciagalupo, no leñador, desde el primer momento que conseguí meterme en la novela. No he dejado de echar de menos a mi padre ni un segundo...

En el comentario a otras obras del autor, concretamente en el de Una mujer difícil, ya no me atrevía a hacer una crítica más allá de aprovechar las palabras de Sergi Pàmies y afirmar que ésa era una de las mejores novelas que he leído en mi vida, pues bien, La última noche en Twisted River no le va a la zaga, os la recomiendo con total vehemencia, porque entre tanta hamburguesa prefabricada, platos como éste son casi de obligado consumo, por salud.

Larga vida a los Baciagalupo, a los Garp y a los Cole.
Larga vida al universo de John Irving.
Larga vida a John Irving.

Por cierto, no sé que más se puede necesitar para hacerse acreedor de un Nobel.

Resumen del libro (editorial)

Corre el año 1954. La vida en el aserradero de una explotación forestal al norte de New Hampshire no resulta fácil y las desgracias están a la orden del día. Una noche, Dominic Baciagalupo, el cocinero del aserradero, y su hijo Danny, de doce años, se ven obligados a abandonar apresuradamente el lugar cuando Danny, en un fatal accidente, mata a la novia de un alguacil llamado Carl. Dominic y Danny inician entonces una extenuante huida, pues Carl, en su afán de venganza, los perseguirá primero hasta Boston, luego hasta Vermont e Iowa, y finalmente hasta Canadá. En cada ciudad a la que lleguen, padre e hijo se verán obligados a adaptarse a las costumbres y personas del lugar, a inventarse una nueva identidad... Sin darnos tregua, peripecia tras peripecia, John Irving nos sumerge de lleno en la vida estadounidense durante las últimas cinco décadas del siglo xx.

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