¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Phillip K. Dick


De manera incomprensible, apenas he finalizado la última frase de la novela, han acudido a mi mente las letras de Neruda, “Podría escribir los versos más tristes esta noche”, y quizá este solo verso habría de definir la novela del señor Phillip K. Dick: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

Sé que todo el mundo conoce esta historia (si bien he de aceptar una vez más mi ignorancia previa a su lectura) porque es la que inspiró la famosa Blade Runner de Ridley Scott y Harrison Ford, allá por 1982. Algo que hubiera preferido no saber ya que ha sido prácticamente imposible desvincular el rostro del joven Ford del personaje principal, Rick Deckard.

La novela transcurre en un futuro lejano en el que la tierra ha sufrido una gran guerra y se encuentra sumida en un sentimiento de frustración, soledad y extinción absoluto. Un planeta devastado en el que la mayoría de especies animales se han extinguido y en el que encontrar una araña, por ejemplo, reporta al afortunado cien dólares según la lista Sidney de animales. Los habitantes de la tierra padecen una nube de polvo contaminado que cubre todo el planeta y que ha dejado a una parte de la población en estado de deficiencia mental, mientras que otra gran parte ha emigrado al planeta Marte en un intento por reconstruir una especie de vida similar a la de los colonos europeos en los Estados Unidos. Este planteamiento, Marte, colonos, éxodo y guerra me han recordado a Crónicas Marcianas, de Ray Bradbury, pero a diferencia de la obra del señor Bradbury, que transcurre íntegramente en el planeta rojo, la novela del señor Phillip K. Dick, lo utiliza sólo como referencia siendo el escenario en el que transcurre su historia la tierra, y más concretamente California. 

Para ayudar en la dura colonización de Marte algunas empresas se han dedicado a la construcción de androides trabajadores, modelos semi-humanos que en cada nuevo prototipo alcanzan mayores cotas de sofisticación, hasta llegar a un nivel de perfección que hace casi imposible la diferenciación con  humanos. Esta la tarea de Rickard, encontrar y desactivar androides que se han escapado del planeta rojo asesinando a sus propietarios para iniciar una vida de libertad en la tierra. Hasta aquí la novela, si bien por ser de las primeras goza de la originalidad de la idea, no sería más que una buena historia de ciencia ficción, pero no se trata de eso.

La ciencia ficción (autos voladores, armas láser, animales electrónicos, etc.), la tierra en extinción, la decadencia de la vida en el planeta y la creación de androides para ayudar con el duro trabajo en Marte son los elementos que el autor combina de manera magistral para plantear su gran duda, ¿qué nos convierte en humanos, qué diferencia la vida de la simulación casi perfecta de ésta? Y desde esta pregunta latente nos presenta todo su escenario. Un lugar sombrío en el que se acaba de crear un nuevo modelo de androides, el Nexus-6, y que son casi humanos, que casi sienten, que poseen una inteligencia superior, que tienen sentimientos de pertenencia y ansias de libertad, pero que carecen de lo que el autor da como clave de la humanidad, la empatía. Los androides de Phillip K. Dirck no son capaces de sentir ningún tipo de empatía por la vida, mientras que los cazadores humanos que han de darles caza sí desarrollan la capacidad de tener sentimientos por estas máquinas a medida que las van conociendo y desactivando.

Es una historia negra, triste, aplastante, de atmosfera pesada y dudas existenciales de una sociedad hundida bajo una capa de polvo radioactivo. Una novela en que la vida es tan escasa que la gente ha de recurrir a máquinas especiales que les permitan sentir el contacto humano con otros supervivientes.  Máquinas inductoras de estados de ánimo que permiten a los habitantes de la tierra sobrevivir en un lugar desolado.

Hace unas horas que la he acabado y no me puedo quitar de la cabeza la última escena de la novela, cuando el protagonista regresa a casa agotado y abatido tras haber realizado su última misión, pero cargado de esperanza en forma del último ejemplar de sapo del mundo (que encuentra casi por casualidad) y descubre, para su desesperación, que el batracio es en realidad otro androide animal. Se acuesta exhausto y frustrado, mientras su esposa llama al servicio técnico para que vengan a repasar la maquinaria del animal. Una escena, como muchas otras en esta la novela, extraordinaria, redactada con una carga emocional y una desesperación que podía sentir en mi alma como si me hubiera conectado a una máquina Penfield y hubiera discado el programa de “depresión culposa”. 

Quizá debería discar, si tuviera un órgano de ánimos junto a mí, el código 481: “Conciencia de las múltiples posibilidades que el futuro me ofrece” antes de seguir…

Me queda la curiosidad de acercarme a la película Blade Runner, que me produjo una gran decepción cuando la vi hace muchos años, siendo entonces un adolescente, y que me aburrió de una forma impresionante, todo lo contrario de la novela. 

Claro que ahora, siguiendo con el mismo poema de Neruda, “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”.

Resumen del libro (editorial)

El futuro. La falta de recursos naturales en la Tierra ha obligado al hombre a colonizar otros planetas, y para trabajar bajo sus duras condiciones, ha creado réplicas de humanos conocidas como andrillos. Rick Deckard es un cazador de bonifi caciones que caza réplicas de hombres que han huido de las colonias para vivir como verdaderos humanos. Una tarea que se complicará cuando tenga que dar caza a una nueva generación de andrillos, los Nexus 6, lo que le hará comenzar a dudar de su propia humanidad.  

Crónicas Marcianas, Ray Bradbury



Sé que es un tanto vergonzoso no haber leído esta obra muchos años antes, es una mancha que deberé sufrir en silencio, pero como dice el manido refrán, más vale tarde que nunca y así ha sido esta vez.

Mi acercamiento al autor fue a raíz de una conversación con un gran amigo que me recriminó mi desconocimiento sobre los clásicos de la ciencia ficción, un tema que no me ha apetecido nunca demasiado, la verdad, y al que lamento no haberme acercado con mayor interés. Decía que a partir de una velada tras una cena bien regada, mi amigo me dio varios inputs necesarios para corregir mi ignorancia, algunos de ellos fueron Fahrenheit 451 y Crónicas Marcianas, de Ray Bradbury. Con el primero me entusiasmé, y con el segundo he caído a los pies de este autor.

Seguramente a estas alturas todo el mundo sabe qué son las Crónicas Marcianas, pero por si queda algún ignorante como yo comentar sencillamente que esta obra está formada de pequeños cuentos, la mayoría relacionados entre ellos, que relatan la colonización de Marte por parte de ciudadanos de los Estados Unidos. En estos breves relatos el autor aprovecha para hacer una crítica punzante y profunda de la idiosincrasia de la sociedad americana, como ya hiciera en Fahrenheit 451, sin importar demasiado la ciencia ficción. Es decir, que nadie espere encontrar en las letras de Bradbury condensadores de fluzo, reactores de protones, pistolas de quarks o naves con pulsadores de emergencia con la inscripción “Hyper espacio”. Nada de eso lo encontrará en Crónicas Marcianas, pero sí encontrará párrafos como éste, y que me pareció extraordinario:

“La madre era esbelta y suave, con una trenza de pelo de oro rizado en lo alto de la cabeza, como una tiara, y ojos morados, con reflejos de ámbar, del color de las aguas profundas del canal cuando la corriente se deslizaba a la sombra. Se le podían ver los pensamientos nadando como peces en los ojos; unos brillantes, otros sombríos, unos rápidos y fugaces, otros lentos y pacíficos; y a veces, como cuando miraba la Tierra, los ojos eran sólo color y nada más. Estaba sentada a proa, con una mano en el borde de la lancha y la otra sobre los oscuros pantalones azules; una línea de piel tostada por el sol le asomaba bajo la blusa, abierta como una flor blanca.”

Es uno de tantos, porque son muchos los pasajes que me parecieron extraordinarios de la novela, y que me situaron a años luz con mi prosa. También me gustaría en este breve artículo resaltar uno de los cuentos que más me sorprendió, uno en el que los marcianos reciben a los primeros colonizadores, los primeros terráqueos que llegan al planeta rojo a bordo de cohetes. En uno de estos cohetes llega una tripulación formada por un capitán americano y sus hombres, convencidos todos ellos de haber realizado una extraordinaria hazaña, de ser los émulos de Cristóbal Colón,  y se presentan ante los marcianos esperando toda la pompa que el acontecimiento requiere. Pero los marcianos, bastante más pragmáticos que los terráqueos, se limitan a saludarlos y darles la razón, mientras van dirigiendo a todo el equipo expedicionario hasta un manicomio marciano. ¿Cómo se le pudo ocurrir un cuento así? ¿Cómo consiguió meter en una obra de ciencia ficción una cuña tan hiriente a los que creen en extraterrestres? Porque de eso se trata, los pobres marcianos tratan a los terráqueos como los terráqueos tratamos a los que se creen, afirman haber estado, vivido o sido abducidos por marcianos, como locos. ¡Y que me perdonen si es que acaso Bradbury no tiene razón!

Crónicas Marcianas me ha fascinado, es una novela que hace pensar, y no lo digo para repetir por enésima vez el tópico, hace pensar de verdad, meditar sobre las estupideces de nuestra sociedad, de nuestro afán por tener, por dominar, por conocer, por meternos donde nadie nos llamado haciendo alarde de la bandera del conocimiento o de la sed de aventura, las diferentes reacciones ante estas situaciones, la violencia, la admiración, el miedo o la curiosidad por las nuevas experiencias, de todo esto y más versa la novela. Un excelente compendio, cual catálogo de una ferretería industrial, de las personalidades y actitudes de nuestra sociedad, o por lo menos de la sociedad del autor, nacido en Waukegan, Illinois, un ya lejano 22 de agosto de 1920, y que publicó el compendio de relatos que forman esta novela en 1950.

Un consejo, leedla, y nadie os podrá intimidar en la próxima velada...

Resumen del libro (editorial)

Un clásico del siglo XX: la obra que consolidó a Bradbury como uno de los mejores escritores de la narrativa norteamericana. Esta colección de relatos recoge la crónica de la colonización de Marte por parte de una humanidad que huye de un mundo al borde de la destrucción. Los colonos llevan consigo sus deseos más íntimos y el sueño de reproducir en el Planeta Rojo una civilización de perritos calientes, cómodos sofás y limonada en el porche al atardecer. Pero su equipaje incluye también los miedos ancestrales, que se traducen en odio a lo diferente, y las enfermedades que diezmarán a los marcianos. Conforme a su concepción de lo que debe ser la ciencia ficción, Bradbury se traslada al futuro para iluminar el presente y explorar la naturaleza humana. Escritas en la década de los cuarenta, estas deslumbrantes e intensas historias constituyen un canto contra el racismo, la guerra y la censura, destilando nostalgia e idealismo.