El cementerio de Praga, Umberto Eco



No encuentro la forma de comenzar el artículo de opinión de esta novela. Quizá debería ser franco y decir llanamente que no me ha gustado, y listos, porque de hecho es la realidad. Lo que ocurre es que me avergüenza limitar casi seiscientas páginas de escritura, de trabajo, de búsqueda, de una documentación tan vasta que me ha aburrido sin piedad, a cuatro palabras tan vulgares como "no me ha gustado".

Creo que por respeto al autor (que supongo le importará un comino), a mí, y a los que leáis este artículo, debería explayarme un poco más y argumentar la opinión, pero no me siento muy capaz.

El cementerio de Praga es la última novela publicada del maestro Umberto Eco, un escritor que seguramente no merece una opinión como la mía, autor de obras maestras como El nombre de la rosa, que devoré en uno de los peores momentos de mi vida sentado en la silla de visitas de un hospital hace casi veinte años, El péndulo de Foucault, del que no entendí la mitad por mi corta edad y escaso conocimiento, o La misteriosa llama de la Reina Loana, que me gustó bastante. Este autor es el escritor de El cementerio de Praga, un erudito, un pozo de ciencia que la ha vertido a lo bestia en una novela histórica ambientada durante el siglo XIX, a caballo entre Francia e Italia, pero en la que no he conseguido entrar apenas en ningún párrafo.

La idea es excelente, la doble personalidad enfermiza del protagonista, la ambientación extraordinaria, la documentación impresionante (de hecho el propio autor afirma que todos los personajes que aparecen en la obra, y que son muchísimos, existieron en realidad e hicieron lo que él dice que hicieron), los personajes reales, demasiados pero fabulosamente bien recreados, y la extensión de la novela correcta. No creo que sea fácil narrar casi un siglo de aventuras en menos páginas, por lo menos yo no sería capaz...

Sin emargo no me ha gustado nada. Me ha aburrido hasta la pelea con mi propia voluntad por acabarla.

Para mí el problema es la temática de la obra, judíos, conspiraciones judías, masones, conspiraciones masónicas, judíos masones, conspiraciones judío-masónicas, masones judíos, conspiraciones masónico-judías, rusos, rusos judíos, conspiraciones ruso-judías, jesuitas, carbonarios, más judíos, y así hasta la página 579. La reconstrucción documental del odio europeo y mundial a los judíos, y la simiente de todas las conspiraciones del mundo, todo ello auspiciado por el protagonista de la novela, un notario más falso que un duro de chocolate, con doble personalidad, y amnésico.

Quizá sea un poco exagerado, pero os aseguro que es lo único que he sacado en claro.

Por supuesto hasta el peor menú realizado por un extraordinario, uno de los mejores, cocinero tiene perlas de exquisita factura, “El enemigo para ser reconocible y temible debe estar en casa, o en el umbral de casa. De ahí los judíos. La divina providencia nos los ha dado, usémoslos, por Dios, y oremos para que siempre haya un judío que temer y odiar. Es necesario un enemigo para darle al pueblo una esperanza. Alguien ha dicho que el patriotismo es el último refugio de los canallas

Me ha impresionado la capacidad del señor Eco para introducir personajes a la novela, y datos, cientos de datos, de fechas, de acontecimientos, de lecturas, de platos de alta cocina, de publicaciones y escritores, de espías y espiados. Una cantidad de datos parida de una documentación extrema que te acongoja por la magnitud. No me puedo ni imaginar el escritorio del señor Eco durante la escritura de la novela, compleja como pocas.

Y no tengo mucho más que decir, la verdad. Desde el primer post de este blog he intentado ser lo más sincero posible conmigo y con los que os acercáis hasta estas páginas, y por desgracia hoy no puedo camuflar la sensación de aburrimiento extremo que me ha propinado esta novela bajo el aroma de un gran escritor, que sin duda lo es, pero que en este caso concreto a mí no me ha gustado lo que ha escrito, aún desde el más profundo respeto y admiración por la complejidad de la novela.

Resumen del libro (editorial)

Estamos en marzo de 1897, en París, espiando desde las primeras páginas de esta novela a un hombre de sesenta y siete años que escribe sentado a una mesa, en una habitación abarrotada de muebles: he aquí al capitán Simonini, un piamontés afincado en la capital francesa, que desde muy joven se dedica al noble arte de crear documentos falsos...

Hombre de pocas palabras, misógino y glotón impenitente, el capitán se inspira en los folletines de Dumas y Sue para dar fe de complots inexistentes, fomentar intrigas o difamar a las grandes figuras de la política europea. Caballero sin escrúpulos, Simonini trabaja al servicio del mejor postor: si antes fue el gobierno italiano quien pagó por sus imposturas, luego llegaron los encargos de Francia y Prusia, e incluso Hitler acabaría aprovechándose de sus malvados oficios.

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