El judío errante, César Vidal


"Vagarás eternamente y no descansarás hasta mi regreso", esta es la primera frase de la sinopsis del libro que anuncia a bombo y platillo la contraportada de la novela. Prometía, la verdad.

Por desgracia la novela del señor Vidal no me ha parecido, ni con mucho, a la altura de la frase, que es lo mejor de toda la obra.

La idea es magnífica porque el autor utiliza como protagonista de su novela al famoso judío errante, aquel maldecido por Jesús cuando durante el calvario se negó a darle agua y éste lo sentenció con la frase detallada al inicio de nuestra reseña. Un personaje magnífico para usarlo como eje principal de cualquier novela histórica, pues tienes dos mil años para situarlo dónde y cuándo quieras, incluso como hace el autor, utilizarlo para narrar la historia del pueblo judío, pero con tan poco tino que lo único que consigue son cuatrocientas páginas de verborrea incontenida y tamizada tras el prisma tan personal del señor Vidal, un prisma que difícilmente sea posible colocarlo más a la derecha…

La novela, a lo Forrest Gump, se basa en la conversación aparentemente casual entre un amante de la historia de Israel, de origen español, muy español, y muy de derechas, por supuesto, y que mientras espera la llegada de un amigo sentado en un banco frente a la Cúpula de la Roca, se encuentra con un personaje que se sienta a su lado y que comienza a explicarle la historia de la ciudad desde el siglo I asegurando que él la conoce muy bien porque vivió en esa época. 

Ante el lógico escepticismo del español, el judío comienza su relato en primera persona y no calla hasta la página final. El español dudando, pero dándole coba, y el judío habla que te habla sin parar más que para pedir un cigarrillo o una coca-cola, y colocando entre eso la historia de todos los judíos de carrerilla, y cuando digo todos, me refiero literalmente a casi todos y con detalle. Lo más curioso, más allá de la verborrea incontenible del errante, sorprende que un tipo que en principio es inmortal, se preocupe tanto por temas tan recientes como los matrimonios gays en España, la situación de la familia en nuestra sociedad, o el divorcio. Al judío sólo le falta hacer un discurso a favor de la unidad nacional y mostrar el carnet del partido con la gaviota voladora en un extremo. Vamos, surrealista e increíble. 

Pero incluso más absurdo que esto, es que entre los únicos dos protagonistas, el español y el judío errante, no se establezca ni un solo lazo afectivo o de interés mutuo. Es decir, se pasan cuatrocientas páginas sentados el uno al lado del otro, uno dudando, y el otro aburriendo a las palomas disertando sobre temas como la historia, la religión, la metafísica, o el destino del hombre, y no establecen un solo vínculo de cercanía, ¿quién se sienta al lado de alguien que no le interesa lo más mínimo, de quien no cree una palabra y lo aguanta por horas?

Valga como ejemplo que en un “diálogo” entre ellos, y que dura más de tres páginas, las tornas al chorreo del judío por parte del español son cinco frases de las cuales la más larga tiene cinco palabras. 

El judío Errante es una novela que auspiciaba una historia interesante sobre un ser inmortal en la primera frase, pero que se convierte, página a página, en un monólogo polvorónico con comparsa, aburrido, tedioso, largo, pesado, plano, con cientos de personajes de los que ninguno tiene el mínimo interés narrativo, aunque alguno de ellos tuvieran la fuerza histórica, por ejemplo, del propio Jesús.

En fin, desde mi punto de vista, un esfuerzo de documentación importante en una demostración de erudición para envidiar (si es que hay algo comprobable en todo lo que se explica...), pero una novela horrorosa, aburrida, pesada, sectaria, y nada creíble. 

Como comer un bocadillo de polvorones caducados regalo de la Fundación Francisco Franco.

Resumen del libro (editorial)

vagarás eternamente y no descansarás hasta mi regreso

Con estas palabras, Jesús de Nazaret, yendo camino del Calvario, condenó a un joven orfebre judío a seguir vivo hasta que él volviera al final de los tiempos. La razón para imponerle ese destino fue que le había negado un instante de reposo cuando se encaminaba hacia su ejecución en la Cruz. Durante los años siguientes, aquel “Judío errante” padeció la guerra con Roma en la que fue destruido el Templo, se vio obligado a abandonar a su amada Jerusalén, pero, por encima de todo, se convirtió en testigo de excepción de la trágica andadura de su pueblo. El verdadero significado del apocalipsis, la sublevación del mesías Bar Kojba, los orígenes de la Cábala, los pogromos de 1391, el apoyo de Oliver Cromwell a los Judíos, la predicación de Sabbatai Zvi, los primeros escritos de Marx, el surgimiento del sionismo de Herzl, el drama vital de Maheler, los inicios del psicoanálisis freudiano, la juventud oculta de Hitler o el Holocausto son tan sólo algunos de los jalones recorridos por el Judío errante a lo largo de un vagar proyectado a través de los milenios. 

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