La tristeza de los ángeles, Jón Kalman Stefánsson


La noche es oscura y silenciosa en invierno. Nosotros oímos los suspiros de los peces en el fondo del mar, y los que suben a la montaña o por las sendas de la meseta pueden escuchar el canto de las estrellas. Los ancianos, con la sabiduría que les da la experiencia, dicen que allí arriba no hay más que tierras baldías y peligros mortales. Si no aprendemos de la experiencia podemos morir, pero nos marchitamos si le damos demasiada importancia. En algún lugar está escrito que ese canto es capaz de despertar en ti la desesperación o la divinidad. Sería cuestión de subir a las montañas en las noches serenas y oscuras como el infierno en busca de la locura o la felicidad, y entonces quizá le encuentres el sentido a la vida. Pero no son muchos los que se arriesgan a emprender semejantes viajes; por caros que sean, tus zapatos quedarán destrozados y serás incapaz de afrontar las tareas cotidianas por culpa de la vigilia nocturna, y si tú no puedes, ¿quién va a hacerse cargo de tu trabajo? La lucha por la vida no combina demasiado bien con los sueños, la poesía y el bacalao seco son incompatibles, y nadie puede alimentarse de sus sueños.
Así vivimos.
El hombre se muere si le quitan el pan, pero si no tiene sueños, se marchita. Las cosas importantes no suelen ser complicadas; sin embargo, necesitamos la muerte para darnos cuenta de algo tan simple.

Este es uno de los muchos párrafos que no he podido dejar de anotar, de subrayar, de leer y releer, de marcar con esquinas dobladas en muchas de las páginas de esta novela sublime. Hacía mucho que no dejaba un libro tan ajado como La tristeza de los ángeles, hacía mucho que no sentía tanto frío, ni me acercaba a la crudeza de la vida como con esta novela. 

Recuerdo que la vi la última vez que estuve en Barcelona, en un estante, con su portada blanca y su banda roja cruzándola como el paralelo 19 hace con la isla de la Hispaniola, entonces su título me llamó la atención, La tristeza de los ángeles, de Jón Kalman Stefánsson, un autor islandés del que no había oído hablar en mi vida, aliciente suficiente para echarla a la bolsa con la sensación de portar un tesoro. Y así ha sido, porque realmente la historia es maravillosa.

La trama en sí, a pesar de no ser demasiado original, sí es sorprendente, pues a un aislado pueblo de la costa oeste de Islandia llega de repente el cartero, Jéns, un tipo rudo, grande, parco en palabras, medio congelado, a la casa de Helga, una especie de lugar de reunión donde varias personas se encuentran tomando café y aguardiente, y escuchando recitar Shakespeare de labios de un joven forastero que había llegado a la aldea unas semanas atrás  con un baúl lleno de libros. Tras un breve descanso, el cartero parte de nuevo con rumbo a los fiordos más remotos de la región para continuar con su reparto, pero esta vez lo acompaña ese joven forastero, el muchacho, con quien se embarca en una peligrosa travesía desafiando tormentas, ventiscas, acantilados y los mil peligros que se dan cita en esa región ignota y hostil del planeta. Y es a partir de esa travesía donde la novela me pareció una de las mejores que haya leído jamás.

Reconozco que al principio se me hizo muy cuesta arriba, mucho, porque todo es extraño. El lenguaje es extraño, los paisajes son extraños, el alfabeto es extraño, los nombres son extraños, Bárður, Geirþrúður, Pétur, Þorvaldur, Bjarni, Kolbeinn (este merece mención aparte), nombres que uno no sabe si son masculinos o femeninos, si son de personas, de cosas, de lugares, de ríos o de fiordos, nombres, palabras que descolocan al lector porque ha de tener una memoria prodigiosa para recordar cada uno de ellos y que dificultan la normal transición en la novela. Decía que Kolbeinn merece mención aparte porque me pareció un personaje muy digno. Él es una de esas personas que están tomando café en la casa de Helga, un viejo marino que se ha quedado ciego y que obliga al muchacho a que le lea libros porque él ya no puede. 

Nombres y lugares que pueblan la primera parte y que poco a poco comienzan a desparecer como desaparece todo lo demás en cuanto Jéns, el cartero, y el muchacho parten a entregar el correo y se aventuran en su inhóspito viaje. En ese momento, en lo que corresponde a la segunda parte de la novela, la vida se va condensando en una sola idea, sobrevivir donde lloran los ángeles, donde sus lágrimas, la nieve, cubren todo incluso el alma de los hombres. Jéns y el muchacho caminan cargados con las sacas de correo y van visitando diferentes lugares, granjas apartadas donde se encuentran con realidades extraordinarias. Un reverendo que no puede satisfacer a su mujer, una familia con hijos enfermos, una granja en la que apenas la pareja de abuelos que allí viven caben de pie, otra granja donde ha muerto la madre de la familia meses atrás y no pueden enterrarla hasta la primavera porque el invierno los tiene completamente aislados mientras que el fantasma de esa madre guía a los desconocidos hasta la granja para que se la lleven, un hombre que hace mil trescientos días que no hace el amor porque ese es el tiempo que hace que no ve a la única mujer que quiso acostarse con él, historias, recuerdos, confesiones que brotan de golpe en los corazones solitarios de los personajes abandonados por la mano de Dios hasta que Jón Kalman Stefánsson los rescata en sus páginas para los lectores, y que vuelven a quedar allí, sepultados por las páginas como si fueran toneladas de nieve esperando a que otro lector los salve del olvido, a que otro cartero los visite con noticias y cartas remotas de algún pariente o de algún asunto oficial. “Estaba preparado para que la muerte llamase a mi puerta, pero no el cartero, dice el hombre” en uno de esos muchos párrafos subrayados.

La tristeza de los ángeles está cargada de poesía en su prosa, de elegancia, de dureza, de realidad, pero también de esperanza a veces encarnada en el muchacho, mucho más joven que el cartero, y que todavía atesora algo de humanidad, de ilusión por vivir, de confianza en las palabras y en las relaciones con la gente, todo lo contrario que Jéns, quien a fuerza de atravesar las ventiscas y las tormentas en solitario se ha acostumbrado a permanecer en silencio y a avanzar con un tesón que ni el mismo diablo puede detener y que se ha convertido en su única razón de existir.

Sin embargo, y aún a pesar de la extrema dureza de los paisajes, de las relaciones, de la vida, no es una novela triste, bien al contrario, es una novela casi de aventuras, perlada con gotas de humor e ironía de alto octanaje, pero también sobria, transcendental, poética, burlona y humana. Tan humana como la relación que se establece entre dos personas cuando se enfrentan a la muerte, la relación entre el muchacho y Jéns basada en las cuatro frases que se pueden gritar a través del viento endiablado, en los breves descansos en que llegan a un refugio o cuando consiguen asilo en alguna de las granjas en las que dejan su correo. Un reconocimiento de las relaciones humanas en un lugar donde no hay apenas humanos y donde esos humanos apenas emiten palabras.

Como decía, es una novela que he dejado tiznada de rayas, de marcas, de hojas dobladas y frases magníficas.
Hoy no puedo ir a trabajar por culpa de la tristeza.
Ayer vi esos ojos y por eso no puedo ir a trabajar.
Hoy me resulta imposible ir al trabajo porque mi marido está tan hermoso desnudo…
Hoy soy incapaz de hacer nada porque la vida me ha traicionado.
No puedo ir a la reunión porque hay una mujer tomando el sol delante de mi casa y su piel resplandece.
Nunca nos atrevemos a escribir estas cosas, …
Pues el señor Jón Kalman Stefánsson sí lo hace, y lo hace en esta novela maravillosa que nadie debería perderse.

Resumen de la novela (editorial)

Consolidado ya entre los escritores europeos más relevantes del momento, el islandés Jón Kalman Stefánsson transporta al lector a un territorio situado entre los sueños y la realidad, entre la inocencia y la conciencia, un lugar bañado en una luz crepuscular y melancólica que permanece viva en la memoria. En esta obra de singular valor literario, el autor de Entre cielo y tierra —primer volumen de una trilogía— explora las profundidades del alma humana con tal maestría que logra emocionarnos como sólo lo consiguen un puñado de libros en cada generación.

El invierno llega a su fin, pero la nieve aún lo cubre todo: el suelo, los árboles, los animales, los caminos. Luchando contra el gélido viento del norte, Jéns, el cartero que recorre los aislados pueblos de la costa oeste de Islandia, se refugia en casa de Helga, donde varias personas se encuentran reunidas bebiendo café y aguardiente, y escuchando recitar Shakespeare de labios de un joven forastero que llegó a la aldea tres semanas atrás con un baúl lleno de libros. Sin embargo, ni el calor del hogar ni la buena compañía retienen a Jéns, que continúa la marcha para entregar el correo en uno de los fiordos más remotos de la región. Sólo que esta vez lo acompañará el muchacho desconocido, con quien, atravesando tormentas y ventiscas, recorrerá los senderos que bordean los acantilados en una peligrosa travesía marcada por los encuentros con los granjeros y pescadores de la zona. Durante la dura jornada, los dos viajeros gozarán también de momentos de gran belleza, estoicismo y ternura, y sus disquisiciones sobre el amor, la vida y la muerte derretirán lentamente el hielo que los separa de sí mismos y del resto de los hombres.

La tristeza de los ángeles es un libro de una belleza tan única y envolvente como los fúlgidos paisajes que recorren los protagonistas entre noches pobladas por los susurros de un entorno invisible e insondable. En ese medio inhóspito, cuando la línea que separa la vida de la muerte es tan frágil, sólo importa lo que realmente nos ata a este mundo.

Ciudad Negra, Fernando Gamboa


Ya lo dijo el gran Guardiola, ex entrenador del Fútbol Club Barcelona, “el puto amo”, y si bien no se refería al autor barcelonés, no encuentro otra definición mejor para él, porque Fernando Gamboa es, hoy por hoy, el puto amo de la novela de aventuras.

Con su primera obra,  La última cripta, y a pesar de las características que acompañan a casi toda obra primeriza de un autor, ya me enamoró, pero con Ciudad Negra me ha acabado de conquistar completamente. 

Si pongo la máquina de la memoria en modo de rebobinar no encuentro una novela de aventuras que me lo haya hecho pasar tan bien como ésta en años. No sé ni qué decir de ella, porque lo único que me sale es pum, pim, clas, y subió, y se cayó, y entonces se escapó con un paracaídas que había convertido en dirigible, y ella le dio un beso, y pam, y pom, y un tiro, y ufff,… ¡magnífica!

Si en su primera novela cometí el desatino de decir que me sus letras me recordaban a las mías, pero bien hechas, en esta segunda entrega debo reconocer que lo más parecido entre la agilidad de la prosa del señor Gamboa y la de un servidor es la similitud que pueda existir entre la velocidad de Usain Bolt y un “runner” de carreras populares domingueras. De igual forma, el otro capítulo pendiente en su primera novela, los diálogos, que me parecieron entonces forzados y un tanto estereotipados, en esta segunda entrega el autor ha mejorado profundamente este aspecto dotando a la novela, no solo de una velocidad vertiginosa, sino de una humanidad intensa en sus personajes.

Los protagonistas, para los que todavía hayáis cometido el sacrilegio de no leer al señor Gamboa, son un trío del todo inverosímil, el profesor Castillo, historiador medieval jubilado, Cassandra Brooks, una joven y bella arqueóloga mexicana, y Ulises Vidal, la magnífica creación de Fernando Gamboa, una especie de álter ego que en esta segunda aventura alcanza su plenitud.

La novela comienza con una revelación sorprendente, y que no es otra que el profesor Castillo tiene una hija, Valeria, que además ha desaparecido en plena selva del Amazonas. El viejo historiador decide entonces reunir a sus amigos, Ulises y Cassandra, con la firme decisión de ir en su busca. Y es ahí, cuando la pareja decide acompañar al padre desesperado al corazón ignoto de la selva amazónica, cuando el señor Gamboa comete el mayor de sus pecados. Una traición al lector que debería corregir en sus próximas revisiones, porque él, sabedor de lo que va a acontecer, debería avisar al lector, debería poner unas líneas marcadas con un asterisco advirtiéndole de que tome aire, que respire profundo, que si tiene problemas coronarios apague el Kindle o cierre el libro, porque desde el mismo instante en el que los tres protagonistas aterrizan en la selva brasileña, la novela adquiere una velocidad y una tensión que destrozan la calma del lector, acaban con sus uñas y lo mantienen en vela pendiente de cada palabra, de cada gesto, de cada paso de sus protagonistas.

No voy a desvelar ni una palabra más de la trama, no voy a hablar de los morcegos, ni de la ciudad perdida en la selva, no voy a hablar de los indígenas que allí habitan, ni de los descubrimientos del magnífico trío parido por el señor Gamboa. No voy a hablar de las noches en tensión, del mix de Los diez negritos, Indiana Jones y Apocalypse Now que nos sirve magistralmente el señor Gamboa, no voy a hablar tampoco de que el autor es una especie de Salgari, Jules Verne, Alberto Vázquez-Figueroa, pero a 10.000 revoluciones por minuto, no, nada de eso, porque Fernando Gamboa es Fernando Gamboa, y como bien dice este párrafo rescatado de la aventura en boca de Ulises Vidal, “regodearnos en la dificultad no nos sirve de nada, así que si ese es el único camino, lo seguimos y punto. Quejarnos de ello no va a hacerlo más fácil, y si tenemos que fabricar nuestro propio sendero, lo haremos.”, palabras que sigue al pie de la letra el autor creando su propio camino literario para convertirse en el puto amo de la novela de aventuras, en un autor que seguramente no ganará el Príncipe de Asturias, pero que enloquecerá a miles de lectores y creará, como está haciendo, unos personajes que entran a formar parte de nuestro imaginario, de nuestra familia de iconos.

Lo que sí comentaré es que la novela, si bien prima en sus letras la acción, la emoción, la velocidad, la tensión y el misterio, está fabricada con una escritura magnífica, intachable diría yo, para el género que profesa. El señor Gamboa nos introduce en sus escenarios con descripciones perfectas, justas, con las palabras necesarias para que el lector sepa dónde está, sin regodearse en la belleza de una mariposa o en la majestuosidad de un amanecer, pero haciendo llegar al lector la suficiente información para que sienta esa belleza o se conmueva al salir el sol. Lo mismo ocurre con las situaciones o sus personajes, más completos, enteros, humanos, aventureros, por supuesto, pero reconocibles al abasto de la imaginación del lector.

Y creo que es en esa combinación de misterio, del conocimiento del autor de las aventuras vividas por él mismo, de letras honestas, de escenarios exóticos, de personajes extraordinarios, donde uno se pierde y se deja llevar por la aventura infinita que supone seguir los  pasos de Ulises Vidal, porque Fernando Gamboa ha conseguido algo extremadamente difícil, y es que uno lo crea, se crea lo que está leyendo, se crea que un morcego te va a salir de detrás del cabecero de la cama, se crea que anda en las aguas bravas de un río o que sólo sobrevivirá si sigue leyendo hasta el amanecer. Fernando Gamboa hace que el lector se crea que puede hacerse amigo de Ulises Vidal.

Como yo, que curiosamente me enamoré de él en lugar de hacerlo de Cassandra Brooks, lo cual me dejó en estado de shock casi tanto como la propia lectura de Ciudad Negra. De la misma forma que me dejó en estado de confusión que el señor Gamboa hubiera guardado en el cajón de su mente al gran Ulises Vidal. Dicen las malas lenguas que ahora anda con otro, con un tal capitán Riley del cual todo el mundo habla maravillas…, no sé, quizá tenga razón y deba darle una oportunidad, porque como me dijo el propio autor, Fernando Gamboa, cuando se lo recriminé, ahora lo que se lleva es el poliamor.

Resumen del libro (editorial)

El profesor Castillo cita con urgencia a Cassandra y a Ulises y les explica, angustiado, que su hija Valeria ha desaparecido misteriosamente en el territorio más remoto y peligroso de la Tierra. Desesperado, el profesor ha resuelto partir en su busca cuanto antes, y les ruega a Ulises y a Cassie que le acompañen.

Incapaces de disuadirlo ni de dejarle ir solo, ambos aceptan ayudar a su viejo amigo en el intento de rescate, y así los tres amigos, una vez más, se embarcarán en una temeraria aventura hacia lo desconocido.

Ni el profesor ni Cassie ni Ulises lo saben aún, pero en lo más profundo de la selva del Amazonas se encontrarán con una ciudad que no debería estar ahí. 
Una ciudad imposible, deshabitada y olvidada hace miles de años.
Una ciudad perdida en las brumas del tiempo, cuyos oscuros secretos cambiarán nuestra concepción del mundo y de la historia.
Una ciudad en la que descubrirán, demasiado tarde, que… no están solos.

Un mundo feliz, Aldous Huxley



En todas las listas que se publican sobre los libros que se han de leer antes de morir figura uno que se repite en la mayoría de ellas, y que no es otro que este: Un mundo feliz, de Aldous Huxley. La continua insistencia y referencia a esta historia fueron, he de reconocerlo, el catalizador para que buscara la novela y la leyera.


La historia, a la que debemos situar en el contexto del momento de su publicación allá por los años 30 del siglo pasado, no me ha motivado demasiado. Sé que es un sacrilegio poner negro sobre blanco semejante afirmación, pero a mi modo de ver la novela no ha aguantado el ritmo del paso del tiempo, o quizá eran tantas las expectativas que no he sabido colmarme con ella.

El señor Huxley nos plantea un escenario futurista, repito, partiendo del año 1932, en el que la sociedad ha prescindido de cualquier tipo de relación familiar, no existen madres, ni padres, ni hermanos, ni tíos, nada de ello. Todo ha sido sustituido por una gran maquinaria de concepción en serie que produce individuos ya programados durante su gestación. Miles, cientos de miles de personas iguales que reciben la misma formación en los tubos de ensayo en los que son concebidos. Personas que se preparan durante su gestación para los trabajos que deberán realizar en sus vidas adultas. Tipos a los que hacen más o menos fuertes, más o menos inteligentes, más o menos serviciales según vayan a ser sus desempeños futuros creando una sociedad feliz de individuos acoplados al sistema, personajes que viven sus vidas en pos de un bien mayor, y que no es otro que mantener el orden del mundo en el que han sido concebidos.

Por supuesto, como historia y como base de discusión filosófica es magnífica, pero tanto en su parte de ciencia ficción (con la trampa de leerla casi cien años después), como el estilo y ritmo literario, la verdad es que no me han cautivado casi en ningún momento de la novela. Es muy posible que la culpa de esto sea de un servidor, o quizá del cansancio en el momento de acercarme a esta novela, pero más allá de cuando uno de los personajes díscolos mantiene una conversación interesante con uno de los creadores y supervisores del sistema, el Interventor, sobre ciertos temas trascendentes, el resto de la novela me supuso una cuesta arriba bastante aburrida.

La historia se cuenta a partir de un grupo de amigos Alfa, o lo que es lo mismo, un grupo de amigos de entre la mejor calidad de humanos producidos en las fábricas de cultivo. En ese grupo destaca un elemento perturbador, Bernard Marx, que no acaba de encontrar placentera su vida a pesar de las muchas distracciones que le ofrece ese mundo feliz. Bernard, un joven Alfa con ciertas fallas de creación, no goza con la misma intensidad de la música sensorial, de los perfumes, del sensorama, del soma (una droga magnífica que todo lo soluciona), del sexo con otras jóvenes Alfa, ni se siente parte de un engranaje superior como el resto de miembros de la sociedad. En su pequeña búsqueda de identidad se enamora de una chica también Alfa, Lenina, a la que intenta conquistar y hacerle eco de sus preocupaciones. Sin embargo, ante el poco interés de Lenina en algo más que no sea sexo y diversión, obligadas por otra parte en ese mundo feliz, Bernard decide aprovechar su estatus Alfa para visitar a una reserva de salvajes en la que los niños todavía nacen por el método de la copulación y tienen, como salvajes que son, padres y madres.

En la reserva, Bernard conoce a un niño salvaje hijo de una mujer Alfa, algo totalmente extravagante e indigno porque se supone que los humanos civilizados no deben concebir bajo ningún concepto, pues el hecho de tener padre y madre se considera escatológico y de extremo mal gusto. Hago un pequeño paréntesis en la reseña. Las circunstancias en que esa mujer Alfa vive con los salvajes, ha concebido un hijo allí y Bernard se entera de ello me ha parecido, con mucho, una de las cosas peor resueltas, a nivel de trama, de la novela, pero bueno..., cierro paréntesis. Decía que Bernard, tras charlar y conocer al Salvaje, decide llevarlo a vivir a la sociedad avanzada con el fin de que lo estudien. Algo así como lo que ocurre en la película El planeta de los Simios al comandante George Taylor (Charlton Heston) con los simios Zira y Cornelius, y que muy bien podría haberse extraído de esta novela.

El Salvaje, que no conoce a su padre pero alberga sentimientos por su madre, quien lo ha criado aún con el rechazo que le producía a ella misma ser madre, hace lo posible por regresarla a la sociedad de la que se perdió y tanto añora, además de aprovechar para conocer esa fabulosa felicidad que le ha planteado su madre desde su nacimiento. Sin embargo, y apenas a las pocas semanas de vivir entre humanos fabricados, el niño concebido pone en duda todos los planteamientos de esa sociedad convirtiéndose en la única voz cuerda de toda la novela, algo que por otra parte ya se veía venir desde apareció en escena con un libro bajo el brazo.

Por supuesto la novela, más allá de una historia mejor o peor tramada, es una crítica a la sociedad perfecta, un intento por demostrar que la perfección es imposible de conseguir. Es cierto que en ese mundo feliz se han erradicado las guerras, las enfermedades, la pobreza, la miseria, los celos, la envidia, porque cada uno es concebido para realizar lo que debe realizar y la falta de aspiraciones personales evita todas estas desgracias, pero también lo es que se han arrancado de cuajo los sentimientos y han sido sustituidos por la programación sistemática de los individuos, por la tecnología de sensaciones y por el uso de una droga mágica, el soma, cuando todo esto falla. Un mundo que en boca del Interventor se define así:
-Actualmente el mundo es estable. La gente es feliz; tiene lo que desea y nunca desea lo que no puede obtener. Está a gusto, a salvo; nunca está enferma; no teme la muerte; ignora la pasión y la vejez; no hay padres ni madres que estorben; no hay esposas ni hijos ni amores excesivamente fuertes. Nuestros hombres están condicionados de modo que apenas pueden obrar de otro modo que como deben obrar. Y si algo marcha mal, siempre queda el soma
Unas palabras que se reproducen en el diálogo que mantiene este Interventor con el Salvaje, el cual ha tenido acceso a las obras de Shakespeare, uno de los pocos libros que existen en el mundo, y argumenta contra la vida de esa sociedad feliz:
-Sin embargo –insistió obstinadamente el Salvaje-, Otelo es bueno, Otelo es mejor que esos filmes del sensorama.
-Claro que sí –convino el Interventor-. Pero éste es el precio que debemos pagar por la estabilidad. Hay que elegir entre la felicidad y lo que la gente llamaba arte puro. Nosotros hemos sacrificado el arte puro. Y en su lugar hemos puesto el sensorama y el órgano de perfumes.
-A mí todo esto me parece horrendo.
-Claro que lo es. La felicidad real siempre aparece escuálida por comparación con las compensaciones que ofrece la desdicha. Y, naturalmente, la estabilidad no es, ni con mucho, tan espectacular como la inestabilidad. Y estar satisfecho de todo no posee el hechizo de una buena lucha contra la desventura, ni el pintoresquismo del combate contra la tentación o contra una pasión fatal o una duda. La felicidad nunca tiene grandeza.
Como decía al principio de la reseña, para mí esta es la mejor parte de la novela, la constatación de que la felicidad es imposible en la perfección…, y quizá, releyendo mis propias palabras, me doy cuenta de que acabo de comprender porque soy tan absoluta y absurdamente feliz.

Resumen del libro (editorial)

"Un Mundo Feliz" presenta un hipotético escenario futuro en el que todo vestigio del pasado ha sido erradicado con la finalidad de sellar una nueva era de la humanidad totalmente desprovista de contenido y sentido histórico. El denominado Estado Mundial ha destruido la historia y el pasado porque su obsesión es solo el presente. El año en el que se desarrolla la acción de la novela es el 632 después de Ford. La nueva era comienza tras la fabricación del primer Ford T en 1908, fecha de partida de esta futura civilización. Por consiguiente, el año 632 después de Ford equivaldría al 2540 de nuestra era, aproximadamente. Los ciudadanos de este nuevo mundo desconocen por completo los valores morales, culturales y espirituales, porque han sido condicionados para imitar y seguir un despiadado canon capitalista que delata una adulterada, profética y perturbadora idea del bienestar.

Sumisión, Michel Houellebecq


Esta es una novela difícil de escribir, difícil de leer, más incluso de comprender y extremadamente mucho más de asimilar. Es una novela que no me ha gustado, pero de la que no me he podido desenganchar un segundo. Una novela de terror, políticamente incorrecta, irreverente, misógina, machista y tan posible como real.

Nos presenta el autor, el enfant terrible de las letras europeas, el señor Michel Houellebecq, una novela que transcurre en un futuro cercano, tan cercano como el año 2022, y cuyo escenario principal es una Francia en la que gana por primera vez en la historia un partido político con un programa íntegramente musulmán, el primer presidente europeo musulmán de la historia moderna. En sí misma, esta historia, y a no ser que uno sea un xenófobo racista, no debería causar ningún tipo de terror, pues durante años han mandado en Europa partidos católicos sin mayores problemas, pero a la vista de los últimos acontecimientos, y en especial en Francia, sobre locos asesinos vinculados a ciertas ramas del islam, pues sí acojona un poco, la verdad. Además el autor, que pasa de puntillas sobre la violencia terrorista inspirada en el islam, nos abre a cambio un escenario que a mí, personalmente, me ha causado una gran desazón por desesperante y tan posible que no me lo puedo sacar de la cabeza.

A través de la vida del protagonista, François, un profesor universitario harto de todo, hasta de sí mismo, vive su vida a través de los pasos de Joris-Karl Huysmans, un escritor francés de finales del siglo XIX y cuyas letras expresan un disgusto por la vida moderna y un profundo pesimismo general, cualidades que el propio François incorpora en su vida, una vida aburrida y sosegada en la que algunos escarceos amorosos con ciertas alumnas suponen la poca pimienta de su existencia. 

A su alrededor, mientras él vive de la plaza universitaria conseguida por su tesis sobre el citado autor Huysmans, y de quien es uno de los mayores expertos mundiales, el país se ve envuelto en una lucha política en la que los partidos tradicionales se han hundido en las encuestas, y en las que dos partidos diferentes, uno de extrema derecha y otro más social, pero musulmán, se ven aupados a batirse en una segunda vuelta para ganar el Elíseo. La sociedad francesa, apoyada por el malogrado partido socialista francés, y ante la posibilidad de que gobierne la extrema derecha, acaba votando al partido musulmán dirigido por Mohammed Ben Abbes, el primer presidente musulmán de la historia de Francia.

Esta elección altera todo el escenario de la vida en Francia, los judíos son los primeros en abandonar el país y refugiarse en masa en Israel, y entre ellos la única medio novia sincera con que contaba François. Poco a poco, las calles de Francia, y más concretamente de París que es donde vive el protagonista, comienzan a quedar huérfanas de faldas, de blusas, de mujeres, de alegría, que se ven sustituidas por velos, blusas largas hasta media pierna y silencio. Los restaurantes, los comercios, los negocios en general comienzan a islamizarse a toda velocidad, e incluso la universidad de La Sorbona se transforma en una universidad islámica de la que desaparecen las estudiantes ruidosas y todas las docentes femeninas de la institución.

Esta transformación tan radical se produce a toda velocidad principalmente por dos motivos, la compra de las posibles mentes masculinas disidentes a través de buenos cargos, jubilaciones de oro, premio de poligamia, y sueldos estratosféricos, y por una acción de marcado carácter social apoyada con los fondos sauditas. Y para mí, esta es la base de la película de terror que el señor Houellebecq nos plantea, que toda una sociedad disidente y revolucionaria como la francesa cae rendida ante el poder del dinero, del buenismo inculcado, de la inacción, del cansancio y del más recalcitrante machismo. ¿Eres un profesor de universidad disidente?, no pasa nada, te pagamos diez mil euros de sueldo al mes y te conseguimos dos o tres esposas sumisas para ti, ¿cómo vas a decir que no a semejante vida? ¿Hay problemas en un barrio equis porque no hay ayuda social, etcétera?, no pasa nada, se invierte una fortuna en centros médicos, sociales, o lo que sea, siempre para hombres, y problema resuelto. Ya serán los propios varones franceses los que mantengan a ellas tranquilitas en casa, y si no lo hacen, pues tampoco pasa nada, se importan esposas de otros países musulmanes, y problema resuelto.

Como podéis destilar de mis palabras, la novela es hartamente misógina, o machista, pero no es eso lo que más me preocupó, ni lo que me hizo tener mal cuerpo mientras me dejaba atrapar por la oferta de Michel Houellebecq, no, lo que de verdad me acojonó, y perdonad la expresión, es la sumisión absoluta de una sociedad ante un cambio tan bestia como éste. Y esa sumisión que da título a la novela, está tan bien expuesta, tan perfectamente razonada, tan maravillosamente narrada que uno la vive como cierta. Llega un momento en el que no tienes la sensación de estar leyendo una novela de ficción, sino más bien un relato real y actual de lo que ocurre en el país galo. Un país que podría ser cualquiera de los de la Unión Europea. 

La novela, plagada de frases y reflexiones excepcionales, como esta: “la nostalgia no es un sentimiento estético, ni siquiera está ligada al recuerdo de la felicidad, se siente nostalgia de un lugar simplemente porque uno ha vivido allí, poco importa si bien o mal, el pasado siempre es bonito, y también el futuro, sólo duele el presente y cargamos con él como un absceso de sufrimiento que nos acompaña entre dos infinitos de apacible felicidad.”. La prosa de este hombre es maravillosa, decadente y pesimista hasta la realidad, pero hermosa. 

Decía que una de las cosas que más miedo me dio al leer la novela fue el ver como una sociedad tan guerrera como la francesa caía en una sumisión absoluta y me gustaría rescatar un fragmento de la novela que creo que lo explica a la perfección. François, el protagonista, que llega incluso a convertirse al Islam para mantener su puesto en la universidad, se entrevista con el señor Rediger, el personaje musulmán de la novela amable, erudito, y de buena cuna que explica las tesis islámicas a la masa y se dedica a ganar adeptos para su causa. Esta entrevista la tienen en la casa del tal Rediger, una lujosa mansión en la que la señora Dominique Aury vivió y escribió una de las mayores historias de sumisión machista contemporáneas, Historia de O, en la que recordemos que una mujer profesional independiente ingresa, por amor a su amante y maestro, en una fraternidad sadomasoquista donde se convierte en un objeto sexual por voluntad propia. Y es en esa entrevista en un lugar tan emblemático donde Rediger da las claves de la felicidad a François, claves como esta:
“Es la sumisión –dijo en voz queda Rediger–. La idea asombrosa y simple, jamás expresada hasta entonces con esa fuerza, de que la cumbre de la felicidad humana reside en la sumisión más absoluta. Es una idea que no me atrevería a exponer ante mis correligionarios, que quizá la juzgarían blasfema, pero para mí hay una relación entre la absoluta sumisión de la mujer al hombre, tal como la describe Historia de O, y la sumisión del hombre a Dios, tal como la entiende el islam.”.

Y para finalizar el artículo, creo que la mejor forma de hacerlo es a través de la boca del protagonista, François, una vez convertido y devuelto a su posición de docente universitario:

“Unos meses más tarde empezarían de nuevo las clases y, por supuesto, reaparecerían las alumnas: bellas, con velo y tímidas. No sabía cómo circulaban las informaciones acerca de la notoriedad de los profesores entre las alumnas, pero circulaban desde siempre, era inevitable, y no creía que las cosas hubieran cambiado significativamente. Cualquiera de esas chicas, por guapa que fuera, se sentiría feliz y orgullosa de que yo la eligiera, y honrada al compartir mi lecho. Serían dignas de ser amadas; y, por mi parte, conseguiría amarlas.
Se me ofrecería una nueva oportunidad; y sería la oportunidad de una segunda vida, sin mucha relación con la precedente.
No extrañaría nada.”

Resumen de la novela (editorial)

Francia, en un futuro próximo. A las puertas de las elecciones presidenciales de 2022. Los partidos tradicionales se han hundido en las encuestas y Mohammed Ben Abbes, carismático líder de una nueva formación islamista moderada, derrota con el apoyo de los socialistas y de la derecha a la candidata del Frente Nacional en la segunda vuelta. François, un profesor universitario hastiado de la docencia y de su vida sexual, que a sus cuarenta años se había resignado a una vida aburrida pero sosegada, ve cómo la rápida transformación que sucede a la llegada del nuevo presidente al Elíseo altera la vida cotidiana de los franceses y le depara a él un inesperado futuro. Los judíos han emigrado a Israel, en las calles las mujeres han cambiado las faldas por conjuntos de blusas largas y pantalones, y algunos comercios han cerrado sus puertas o reorientado el negocio. Y la Sorbona es ahora una universidad islámica en la que los profesores conversos gozan de excelentes salarios y tienen derecho a la poligamia.

La última Cripta, Fernando Gamboa


Me ha ocurrido algo muy curioso con esta novela, y es que por muchos momentos me parecía estar leyéndome a mí mismo. Sé que es una falta de humildad tremenda, pero es la realidad. La lectura de La última cripta, del señor Gamboa, me ha recordado mucho a mi novela El péndulo de Dios, y no porque toquen temas parecidos, que no, aunque los dos protagonistas se llaman casi igual, sino por el estilo, por la aventura, por cómo relata el autor. Es decir, Fernando Gamboa escribe como yo, bueno, como a mí me gustaría, pero bien.

Decía que me ha recordado a mis propias letras por varios motivos del que me gustaría rescatar uno en particular.

La última cripta es, sobre todo, una gran aventura que comienza con la frase de Joseph Conrad “Creí que era una aventura, y en realidad era la vida”,  para advertir al lector de lo que se va a encontrar, una búsqueda incesante, trepidante, angustiosa y adictiva que te mantiene enganchado como un mosquito al parabrisas de un coche a la mayor parte de sus letras. Y es en esta aventura donde quisiera detenerme un segundo. Dice la sinopsis de la novela que su personaje principal, Ulises Vidal, encuentra, hundida en la costa hondureña, una campana de bronce de origen templario un siglo más antigua a la fecha en que Cristóbal Colón descubrió América. Espoleado por la curiosidad y el ansia de aventura, emprende, junto a un historiador medieval y una audaz arqueóloga mexicana, la búsqueda del mítico tesoro templario que parece anticipar la campana, lo que los lleva a recorrer Barcelona, el desierto de Mali, las profundidades del Caribe y la selva mexicana…, y aquí haremos la pausa. 

Hace unos días leí una reflexión que me dejó pensativo, y que me viene muy bien para comentar esta novela, esta aventura. Decía esa reflexión que los libros cada vez se parecen más entre ellos porque los autores se documentan en las mismas fuentes, que consultan, o consultamos, la wiquipedia, documentales, y todas las herramientas que Internet y la tecnología ha puesto a nuestro alcance, pero que son las mismas para todos, en lugar de documentarse por las experiencias vividas en primera persona. Sinceramente, coincido bastante con esta reflexión, y me ha alegrado que el señor Fernando Gamboa, o su alter ego Ulises Vidal, escriba de lo que ha vivido. Yo he tenido, en mi vida, la infinita fortuna de haber conocido el desierto, la selva, el mar y también Barcelona, y solo alguien que ha mamado esos lugares puede detallarlos como lo ha hecho Gamboa. Cuando este señor habla de submarinismo, es porque es submarinista, habla del desierto, y ha estado allí, ha cruzado fronteras entre países de dudosa legalidad y por eso puede narrar las peripecias de sus personajes al cruzar esas mismas fronteras.  Ha dormido en la selva, ha corrido por ella, ha pasado noches en un chinchorro, y se ha quemado con el sol, le han picado los mosquitos, ha bregado con autoridades indignas, no sé si de verdad ha ido o no tras el tesoro templario, pero sí estoy convencido de que ha hecho la ruta. Y ese creo que ese uno de los más grandes éxitos de la novela, la honestidad del narrador.

En otro escalón quedan los diálogos, y en especial los del protagonista, que me han parecido lo peor de su prosa, y tengo la sensación de que es así porque cuando narra lo que vive el protagonista, Ulises Vidal, el autor está rememorando sus propias vivencias, mientras que cuando se separa y lo convierte en personaje que habla, se transforma en una especie de caricatura que no me ha acabado de convencer y que desmerece con sus palabras lo que realiza con sus hechos, si bien también es justo resaltar que esta es la primera novela del autor.

La última cripta se promociona como una novela de aventuras con la intriga de El código da Vinci y la acción de Indiana Jones,  y debo decir que estoy muy de acuerdo con esta aseveración. Yo, que soy un friqui de ambos, me lo he pasado en grande corriendo tras las peripecias de Ulises Vidal, el profesor Eduardo Castillo y la arqueóloga Cassandra Brooks. Huyendo de los malos, persiguiendo ideales, desentramando pistas, algunas de ellas un poco forzadas, la verdad, pero ésta no es una novela para analizar, es una aventura para disfrutar, y en eso el autor merece un diez.

He hecho el comentario al principio de esta nota de que Gamboa escribe como a mí me gustaría escribir, y es cierto, porque el autor tiene el don del ritmo, de la velocidad narrativa, del dominio del pegamento que deja enganchado al lector a la historia. Sin giros, sin prosa edulcorada, sin adornos literarios, cuando hay una cueva, hay una cueva y no un bostezo de la tierra. Pocos pensamientos, pero directos, diálogos más bien cortos, aunque pobres cuando los ejecuta el protagonista, bajo mi punto de vista, descripciones precisas, sin florituras, y sensaciones cortadas a filo de navaja. Un coctel explosivo que ha generado el éxito brutal de esta novela.

Sin duda, quien sea más del género de novelas que podríamos denominar “literarias”, no encontrará en La última cripta demasiado placer, la verdad, pero aquel que ha crecido con La guerra de las galaxias, con las aventuras de Indiana Jones, las inmersiones maravillosas desde la cubierta del Calypso, luchado a punta de espada con el capitán Alatriste, que se ha empapado en las letras de los bestsellers de aventuras y acción, que ha visto todos los programas de conspiraciones posibles a las tantas de la madrugada, y que sueñe con vivir como Miguel de la Cuadra Salcedo, en paz descanse, le aconsejo que lea esta novela con un babero para no manchar de baba sus páginas o cortocircuitar el Kindle.

Resumen del libro (editorial)

Una novela de aventuras con la intriga de El Código da Vinci y la acción de Indiana Jones.

Una novela de aventuras en la mejor tradición de Alberto Vázquez-Figueroa y Arturo Pérez-Reverte.

Mucha intriga y mucha acción de la mano de un autor que ya cuenta con más de doscientos mil lectores en todo el mundo.

Enterrada bajo un arrecife de la costa hondureña, el submarinista Ulises Vidal encuentra una campana de bronce del siglo XIV de origen templario, hundida allí más de un siglo antes del descubrimiento de América por parte de Cristóbal Colón. Espoleado por la curiosidad y el ansia de aventura, emprenderá, junto a un historiador medieval y una audaz arqueóloga mexicana, la búsqueda del mítico tesoro de la Orden del Temple.

Juntos recorrerán Barcelona, el desierto de Mali, las profundidades del Caribe y la selva mexicana, enfrentándose a un sinfín de enigmas y peligros. Pero esa búsqueda del tesoro acabará enfrentándolos a un misterio mucho más trascendente de lo que ninguno de ellos esperaba. Un secreto silenciado durante siglos que podría transformar la historia del hombre y la forma en que este se comprende a sí mismo y al Universo.

El fallo, Antonis Samarakis


Magistral, una novela en la que no pasa nada, en la que la acción se sitúa en la mayor de las normalidades, en la que los protagonistas, el espacio, el entorno, e incluso los diálogos son lo más cotidianos y anodinos que uno pueda imaginar, y en la que en realidad ocurre todo. La vida ante la mirada del lector que, cuando acaba la novela, ha de frotarse los ojos para salir del espejismo en que el señor Samarakis lo ha sumido sin darse cuenta. Un final que ha de releer un par de veces para entender la magnitud de la historia que ha pasado frente a sus ojos sin levantar un ápice de polvo.

El fallo es la historia de una detención en un estado policial de un país imaginario, un país que rápidamente se puede identificar con la Dictadura de los Coroneles sucedida en Grecia del 67 al 74 del siglo pasado aun sin que el autor haga una sola referencia explícita a ese periodo.  Quizá valdría la pena dedicar un par de líneas a repasar la trayectoria del autor, nacido en Grecia en 1919, participó en la resistencia durante la ocupación de su país e incluso fue detenido y condenado a muerte por los alemanes, aunque por fortuna pudo escapar de ese castigo. Después vinieron los años de la dictadura en los que dejó su trabajo de funcionario para dedicarse a escribir, y tras el restablecimiento democrático de Grecia, publicó numerosos escritos de carácter social y político. Fue embajador de buena voluntad de UNICEF y ocupó un puesto como experto en Organización Internacional del Trabajo en la ONU. El final de su vida se sobrevino por un ataque al corazón en 2003.  Los que seguís estas columnas sabéis que rara vez hago énfasis en la biografía de los escritores, pero en el caso de este autor he querido remarcar la vida de continua lucha social que llevó a cabo, porque eso es lo que se destila en El fallo. Que nadie se asuste, no es un folleto propagandístico de la democracia, ni un panfleto anti dictaduras (que tampoco estaría nada mal), El fallo es únicamente una historia humana espectacular en un mundo de opresión como el de una dictadura.

En ese país imaginario en el que sitúa la acción, un hombre es detenido en un café porque otro, un activista anti régimen perseguido y conocido, le pisa el pie. Ese sencillo acto medio absurdo da lugar a la detención del protagonista y a la posterior trama de la novela. El hombre es detenido por la Brigada Especial, un cuerpo policial de vigilancia encargado de velar por el mantenimiento del régimen, una especie de policía secreta que atemoriza a los ciudadanos y a la que todo el mundo desea fuera de su vida. Dos miembros de esa Brigada Especial son los encargados de trasladar al ciudadano pisado hasta la central desde una pequeña ciudad de provincias en una isla, y es en lo que ocurre durante ese trayecto, primero en coche, y después a pie por las calles de una ciudad marítima, donde se desarrolla la acción. 

Por motivos que no desvelaré, el vehículo en el que trasladan al “ciudadano pacífico”, como él propio detenido se autodenomina, sufre una avería y no consiguen llegar a tiempo para embarcar en el único ferry diario que une la isla con el continente en el que se encuentra la sede de la Brigada Especial, en la capital del país. Este contratiempo obliga a los captores y al capturado a establecerse por un día completo en esa ciudad portuaria, un tiempo en el que la relación entre el policía jefe de la expedición y el detenido se acentúa por la cantidad de horas que están obligados a compartir. En un gran acto de prestidigitación, cada uno de los dos personajes principales, policía y detenido, desgranan sus vidas desde la más superficial de las rutinas ante los ojos del otro, ambos intentando no dar una sola pista de sus sentimientos reales, de sus pasiones, de sus anhelos y sus convicciones, pero sin embargo, en cada una de las frases que se cruzan, en cada una de las vivencias que comparten durante esas horas de espera, es cuando cada uno desnuda su alma al otro sin quererlo, sin darse cuenta de lo que está haciendo y sin comprender la magnitud de la profundidad que supone conocer a otra persona.

Ambos, el policía y el detenido, tienen en sus cabezas un plan magistral, uno para demostrar la culpabilidad del otro, y el otro para demostrar su inocencia. Dos planes tan extraordinariamente bien tejidos que no pueden tener fisuras, que son perfectos y que les darán la victoria final antes de que el detenido sea trasladado a la Central para ser interrogado en unas sesiones que ambos saben que no resistirá. Unos interrogatorios que flotan en el ambiente y que marcan el desarrollo de la relación, el transcurso del plan como un partido que se hubiera puesto en marcha a la salida de la ciudad y que tiene como bocina final el momento en que se embarquen en el ferry, un plan que agota su tiempo como un partido de básquet empatado en el que una única canasta final ha de decantar el resultado, y es esa canasta final lo más maravilloso de la novela, el fallo del plan perfecto. El desenlace que deja al lector flotando en el vacío sin dar crédito a lo que acaba de suceder ante sus ojos.

Son muchas las novelas que recuerdo que me han fascinado y cuyos finales me decepcionaron, incluso mis propias letras son referencia de críticas por lectores a los que mis finales no les han gustado lo más mínimo, sin embargo, en El fallo, la genialidad de la obra es ese final, esos dos últimos párrafos que no te dejan parpadear hasta que los has releído una y otra vez. Un final en el que la humanidad se impone al sistema en una victoria maravillosa de un romanticismo inesperado durante las más de doscientas páginas previas.

Me gustaría dejar un párrafo de las páginas iniciales de la novela, cuando tras la detención, el agente de la Brigada Especial realiza el reporte de la actuación: 

“… «Soy un ciudadano pacífico». Y entonces sí que no pude contenerme y le dije: «Para el Régimen ciudadano pacífico no significa nada. ¡Nada! Solamente hay dos tipos de persona: los que están con el Régimen y los que no están con el Régimen. Para ser un enemigo del Régimen no es necesario haber actuado contra el Régimen. Basta con no estar con el Régimen, con no haber dado pruebas manifiestas de adhesión al Régimen. Para el Régimen, sí señor, sigue aún vigente aquello de quien no está conmigo, contra mí está»”

El fallo es una novela cargada de sentido, de sentimientos, de realidad, pero también de cambio, de esperanza, una esperanza que se aparece al lector de golpe tras haberlo sumido, poco a poco y con disimulo, en un pozo en el que no era consciente de haberse metido, como en aquel experimento de la rana en que introducen a una en una olla con agua fría que van calentando progresivamente hasta que al final el agua hierve y la rana muere sin haberse dado cuenta, con la gran diferencia, eso sí, de que en El fallo, ni rana, ni la olla, ni el agua, ni el fuego son lo que parecen.

Resumen del libro (editorial)

El fallo, novela que dio la fama internacional a A. Samarakis, puede ser considerada como un clásico del siglo XX por la permanente actualidad de su mensaje. En efecto, por muy implacable que sea la presión y opresión que los aparatos institucionales ejerzan sobre los individuos a que dicen servir, siempre cabe la posibilidad de que un resquicio abra la esperazna de encontrar algo de humanidad dentro de los atroces engranajes.

Buñuel, Graham Green, Agata Christy, Simenon y otros muchos escritores han alabado tanto el lenguaje cinematográfico como la estructura dinámica de esta novela, una de las más leídas en la Grecia actual. 

El extranjero, Albert Camus


He sufrido mucho con esta novela porque me costó entrar en ella, y no porque las letras del premio Nobel sean complejas, o aburridas, nada de eso, pero me ocurrió algo extraño, algo tan surrealista que afectó a mi relación con la historia y que por ese motivo me veo obligado a contar. 

Hace unos meses leí una novela acerca de un empleado de telégrafos en una ciudad árabe, un hombre que parecía pasar por la vida sin comprender lo que ocurría a su alrededor, un zombi social al que se le muere la madre en las primeras páginas, y a quien entierra sin más preocupación que si hacía o no calor, o si tenía o no para fumar un cigarrillo. Fue tanta la similitud entre esta novela a la que estoy haciendo mención y El extranjero que tuve que acercarme a San Google para ver si lo que yo estaba leyendo bajo la autoría de Albert Camus era en realidad su novela, o la editorial de turno había cometido el error de imprimir una con las tapas de otra. Cuando comprendí que todo lo que pasaba, los personajes iniciales, el trasfondo, el ambiente, las sensaciones, e incluso la forma de escribir, eran una copia de esta novela, el sentimiento de extrañeza dio paso a otro de frustración y rabia producto de mi ignorancia lectora, pues si hubiera leído El extranjero cuando tocaba, la vergüenza la habría pasado con la novela del telegrafista, y no con la del premio Nobel.

Y esta sensación de saberme engañado me duró por más páginas de las que la anécdota, por no llamarlo plagio, merecían.

Por fortuna, y a diferencia de la otra novela de la que no hablaré más, la historia de Meursault, el protagonista principal, se torna suficientemente atractiva como para centrarse en ella.

El extranjero toma su título por dos motivos, porque la historia le sucede a un extranjero, un francés en Argel, y porque el señor Meursault es en realidad un extranjero en todos los aspectos de su entorno. Empieza la novela, como decía, con la noticia del fallecimiento de la madre del protagonista y la obligación de éste de acudir a su entierro en el asilo al que la había llevado unos años atrás. El joven, autista a su entorno, apenas muestra señales de tristeza por la muerte de su madre, pues sus preocupaciones son mucho más prosaicas. A él le preocupa si tiene calor, estar cansado, dormir, comer, fumar, estas necesidades más básicas y en las que encuentra la verdadera causa de vida.

Con sus relaciones personales no es muy diferente, algunos amigos, extraños todos, una novia con la que tiene sexo sin más emoción que el deseo físico, y un trabajo sin ambición ni futuro que le permite sobrevivir. Esa es la vida de Meursault, un tipo anodino, carente de empatía, indiferente al entorno, incapaz de mantener atención sobre nada que no sea lo que esté pensando en ese preciso momento, y que casi siempre es cómo satisfacer la necesidad inmediata que tiene.

Meursault vive su mundo sin mayores complicaciones hasta que, y como él mismo reconoce ante el jurado, comete un asesinato “por casualidad”, y es cierto, mata a otra persona por casualidad, porque se dan los componentes absurdos necesarios para que el pobre desgraciado cargue en su bolsillo un revólver que dispara contra otro hombre al verse cegado por el sol. Ese acto, que el protagonista realiza con la mayor de las normalidades, como cualquier otra acción de su vida, desemboca en un juicio ante un jurado popular.

Esa es la parte que más me ha gustado de la novela, y no porque sea un entusiasta de los juicios, sino porque el fiscal que lo acusa utiliza un argumento extraordinario contra Meursault, un argumento que el acusado no puede negar y ante el que no tiene defensa alguna, pues el acusador carga todas sus tintas contra él por no ser humano. Es decir, el miedo que genera el protagonista en los demás, y su culpa final, no es por haber quitado la vida a otro hombre, sino por ser diferente, por no sentir empatía, por no defenderse, por no ser como los demás, por carecer de la hipocresía necesaria para vivir en sociedad. Y ahí, el bisturí del señor Camus disfrazado de pluma, o de máquina de escribir, disecciona la culpa, nos presenta ante un esperpento de persona que comprende que todo lo que pasa en la vida carece de la mayor de las importancias, que ahonda en el absurdo de nuestra existencia, mientras que el resto, la humanidad, la sociedad, cree que todos somos súper importantes, que nuestras vidas son únicas, y que por eso un hombre no puede enterrar a su madre sin derramar una lágrima.

El protagonista de la novela actúa con una actitud de absoluta indiferencia ante cualquier vicisitud humana. No le importa la muerte de su madre porque es normal que se muera una madre si ya es mayor, no le importan los problemas de su amigo porque él se los ha buscado, no le importa el afecto de su novia María, ni sus planes de futuro, porque él le ha dejado muy claro desde el primer momento que no está interesado en ellos, no le importa nada, ni siquiera es capaz de seguir con interés el juicio que lo va a condenar a muerte. Nada, ni la celda, ni el pabellón que ocupa antes de ser ajusticiado, nada cala en la moral de Meursault más allá de los reproches que se hace a sí mismo por no haber estado más informado en técnicas de ajusticiamientos.

Es maravillosa la conversación que tiene con el cura pocos días antes de su ejecución. Ni siquiera el párroco es capaz de comprender el absoluto desinterés del condenado. Me gustaría reproducir un fragmento breve de la conversación narrada por el propio condenado y que dice así: “Según él (el capellán), la justicia de los hombres no significaba nada y la justicia de Dios, todo. Le hice notar que era la primera la que me había condenado. Me contestó que, mientras tanto, esa justicia no había lavado mi pecado. Le dije que no sabía qué era un pecado. Se me había hecho saber, solamente, que era culpable.”. Me hizo mucha gracia otro momento de esta conversación en la que el capellán inquiere al acusado y le pregunta por qué lo llama “señor”, y no “padre”, como todo el mundo, y la respuesta de Meursault no puede ser más contundente y sencilla, “porque usted no es mi padre”. 

Y es quizá con esta pequeña anécdota que podemos conocer la personalidad del protagonista, sincero, ausente, desposeído de la más mínima hipocresía, pero que se revela como un ser lúcido capaz de comprender cosas tan profundas como que “el perro de su vecino valía tanto como su mujer” sin mayores esfuerzos, sin aspavientos, sin emoción ni egoísmo. Un tipo que pasa de generar indiferencia a ser acreedor del cariño del lector a medida que van pasando las páginas aún a sabiendas de que a él no le importa un pimiento, y de que si la casualidad hubiera sido otra, habría conversado, besado, o disparado, sin mayor emoción, contra cualquiera de nosotros.

Resumen del libro (editorial)

El extranjero, novela con cuya publicación Albert Camus (1913-1960) saltó a la fama en 1942, tiene como referencia omnipresente a Meursault, su protagonista, a quien una serie de circunstancias conduce a cometer un crimen aparentemente inmotivado. El desenlace de su proceso judicial no tendrá más sentido que su vida, corroída por la cotidianidad y gobernada por fuerzas anónimas que, al despojar a los hombres de la condición de sujetos autónomos, los eximen también de responsabilidad y de culpa.

El Legado, Blanca Miosi


Se dan dos circunstancias importantes que marcaron la lectura de esta novela, y que debo mencionar. Una, la amistad que me une a la autora, y dos, que no tenía ningunas ganas de leer una novela más de nazis, dos motivos de peso que me habían tenido apartado de esta obra hasta hace bien poco. Es justo reconocer que ha descansado en la memoria de mi Kindle por meses, años me atrevería a decir, hasta que me decidí a atacarla.

También es justo mencionar que lo hice, más que por las ganas de adentrarme en una historia que ya en su título pregonaba la aparición de “la hija de Hitler”, porque la propia autora la marcó como una de sus mejores novelas, lo que no me dejó otro camino que abrir el dispositivo electrónico y comenzar con la vida de un tal Erik Hanussen, personaje real que parece haber sido confidente, mago, consejero y enemigo de Adolf Hitler. Como decía al principio, la figura del hombre del bigotito, su maldad, sus excentricidades, su interés por lo oculto y la magia, creo que ya han dado de sí más de lo que incluso su importancia histórica merece. Es como en el cine español las tetas y la guerra civil. Pero en el caso concreto de Erik Hanussen decidí darle la oportunidad que merecía y leí su historia, de la que no voy a desvelar apenas nada, pero cuya vida es uno de los ejes principales de la  novela y vara de soporte en la que se apoyan todo el resto de personajes, así como la propia historia de “El legado”. El señor Hanussen, tras adquirir unos conocimientos esotéricos fundamentales, pasa de ser una especie de entusiasta de las tesis hitlerianas publicadas en el Mein Kampf a convertirse en un elemento desestabilizador del régimen nazi, pero ambas cosas las hace desde la materia que domina, el ocultismo y la magia. Una magia real alejada de los juegos de prestidigitación típicos del ramo, pues el señor Hanussen adquiere ciertos poderes a cambio de un pacto místico, no con el diablo como Fausto, sino con un ser misterioso, el señor Welldone, que parece dominar los entresijos de lo oculto. Esto, que quizá leído en frío pueda parecer extraño, en la novela no lo es y su desarrollo está perfectamente bien engarzado para no hacer rechinar los engranajes de la razón del lector.

Este pacto entre Erik Hanussen y el señor Welldone, que se produce en la ciudad de Praga en el año 1919, marca la vida del propio Hanussen, y como cualquier otro pacto de la vida tiene dos caras, una que concede poder y riqueza, y otra que obliga a una pesada carga por conseguir lo deseado, siendo justamente esta esta carga, que Hanussen no es capaz de llevar, el hilo conductor de la novela. Una de las advertencias que Welldone pone sobre la mesa cuando concede a Erik Hanussen sus deseos, es hacerlo conocedor de que el precio de su éxito se transmutará en desgracia en las personas que más ame, por lo que le aconseja que pase su vida sin amar a nadie, advertencia que repite el mago ante Adolf Hitler cuando le ofrece sus conocimientos para que éste acceda al poder absoluto. Sin embargo, tanto el propio Hanussen como el bigotudo Hitler cometen el error de amar, y es sobre estas personas amadas (dos mujeres) sobre las que la novela de Blanca Miosi se transforma de un refrito conocido en una novela digna de ser portadora de las mejores letras de la autora.

Como decía, Erik Hanussen tiene una hija que cría en solitario, y que por casualidades de la historia se convierte en amante de Adolf Hitler. No sería justo dejar de reconocer que estuve a punto de dejar la novela en ese momento…, pero comprendí que por la magnitud de las páginas que me faltaban por leer, por fuerza la historia había de superar cronológicamente la figura de Adolf Hitler, la guerra, los judíos, y todo eso, así que seguí y tras la conocida (o no) muerte del führer fue cuando comencé a disfrutar de la novela. Y la comencé a disfrutar no porque anteriormente estuviera mal escrita, por supuesto que no, o porque desaparecieran los nazis, algo que agradecí sobremanera, sino porque en ese preciso momento la autora dejó de narrar una etapa histórica conocida y comenzó a crear con total libertad una serie de personajes fabulosos. Mientras duró la etapa histórica (magníficamente narrada y documentada), la señora Miosi estaba encorsetada, encerrada entre los datos reales que no podía cambiar, entre los personajes que obligatoriamente tenía que usar, Goebbels, Himmler, …, y lugares que no se podía saltar, Berlín, Rusia, etc., pero tan pronto como la amante de Hitler, e hija de Hanussen, se escapó a América y cambió su apellido, la señora Miosi se desató las esposas y comenzó a narrar la historia de una saga familiar extraordinaria.

Entraron en escena nuevos personajes (maravillosos los dos hombres, Albert y John Klein), nuevas vidas, nuevos sentimientos, nuevas motivaciones que ya nada tienen que ver con la guerra o con el omnipresente Hitler. Entraron en juego amores, desengaños, decadencias y temores que van ligados a la esencia humana, a las relaciones humanas, a las envidias, a las mentiras, al honor y a la necesidad de los seres humanos por construir círculos de confort aún a sabiendas de que en algún momento deberán romperse, y aún a sabiendas también de que las paredes que los aguantan son de cartón piedra. En esa situación Alicia, la amante de Hitler e hija de Erik Hanussen, inicia una nueva vida que por sí misma ya daría para una novela de calidad.  Sola, con el apoyo monetario infinito de su padre desde Suiza, en un pequeño y apartado pueblo de los Estados Unidos, la joven Alicia y Sofía, su recién nacida hija de Hitler, deben construir una nueva vida que las mantenga al margen del peligro que su herencia maldita arrastra, una vida que les permita, especialmente a la niña, ser normales, y fue en esa creación de una nueva identidad cuando la novela comenzó a entusiasmarme hasta el final.

No soy de desvelar demasiada trama en estas conclusiones, y no lo haré tampoco con esta obra de la señora Blanca Miosi, pero sí he de destacar una cualidad que envidio de esta autora, una más, y que no es otra que la facilidad por narrar periodos largos de la historia con la más absoluta de las normalidades. Periodos que pueden comprender varias décadas en las que aparecen y desaparecen personajes con total naturalidad, algo que ya destaqué en su novela El cóndor de la pluma dorada, pero que aquí maneja con mucha más soltura. Los personajes, reales en la imaginación del lector, se enlazan unos con otros con absoluta claridad sin que el espectador se pregunte qué ha pasado con ellos, de dónde salen, o por qué desaparecen. La señora Miosi soluciona esta faceta con altísima nota, lo que le da a la  novela una agilidad excelente. 

No es de largas explicaciones,  descripciones paisajísticas extremas o monólogos existenciales con los que ocupar páginas y páginas, en absoluto. Las letras de El legado son justas para situar al lector en cada momento de la historia, necesarias para la introducción y conocimiento de los personajes, pero deja a la propia imaginación todo el entorno, lo que se agradece porque cada uno lo rellena con más o menos guarnición, de modo que el plato no canse a nadie.

Como decía, creo que es una novela excelente, la mejor que he leído de esta autora, y una obra que se distingue del resto de la bibliografía de la señora Miosi por carecer de algo que siento que no la ayuda, y que no es otra cosa que la prisa. Para los lectores fieles de esta autora, creo que El legado se situaría a caballo entre su Manuscrito I y El cóndor de la pluma dorada, pero mejorando a ambos.

Muchas felicidades, Blanca.

Resumen de la novela (editorial)

¿Y si un desconocido te ofrece concederte lo que más deseas? Es lo que le ocurrió a Erik Hanussen, el astrólogo de Hitler. Pocas personas influyeron tanto en la vida de Adolf Hitler como el misterioso Erik Hanussen considerado, durante muchos años, el mejor vidente de Berlín y consejero personal del dictador. Dos personalidades ambiciosas que se utilizaron mutuamente para obtener lo que más deseaban. Pero, todo tiene un precio… 

Hanussen ayudó a Hitler en su fulgurante ascenso al poder; sin embargo, no fue capaz de controlar las consecuencias de una descendencia con los mismos genes que el Fuhrer. A partir de la misteriosa historia de Erik Hanussen, astrólogo, vidente, mago y amigo personal de Adolf Hitler, El legado es una fascinante novela sobre una saga familiar fantásticamente ambientada, un relato con personajes perseguidos por un pasado que determinará sus trágicos destinos.

Amor en minúscula, Francesc Miralles


Creo que lo único que tiene esta historia de minúscula es el título, porque por lo demás, la trama, los personajes, el ritmo y la delicadeza con que está escrita son mayúsculos.

Ya he comentado en otras entradas dedicadas a las obras del señor Francesc Miralles mi admiración por su persona, mi gratitud con él y la amistad, en la distancia, que nos une, y sin embargo no había leído hasta ahora la que dicen que es su mejor obra, “Amor en minúscula”, traducida a dieciocho lenguas y con miles de lectores escondidos entre sus páginas. Por fortuna, lo bueno de los libros es que, a diferencia de otras cosas, no caducan y he podido adentrarme en la historia de Samuel como si el autor la hubiera escrito ayer mismo sólo para mí.

Samuel, el personaje principal y en quien yo he visto un álter ego del propio autor hasta el punto de imaginarlo con el rostro y las maneras de Francesc, recibe una visita sorpresa el día de año nuevo, un gato al que bautiza como Mishima y que se convierte, muy en contra del propio Samuel, en la palanca que abre el hermético mundo en el que el profesor de lenguas germánicas se ha protegido del exterior.

La historia en sí realmente no tiene mucho de novela, pues es una historia sencilla de leer, plagada de referencias a otros libros (algunos de los cuales ya están en la fila de próximas lecturas), de cuentos, historias de personajes o de autores, y de citas maravillosas, una táctica que ya empleó Miguel de Cervantes para su Don Quijote y que permite ir rellenando páginas al estilo de un DJ que va haciendo sonar música para el deleite de la sala que tiene bajo sus pies, pero sin haber compuesto ni una de las notas que allí suenan. Por supuesto, no es así con "Amor en minúscula", pues si bien el autor intercala piezas externas entre sus letras, la novela sí la ha escrito él y todas las referencias que introduce forman parte de la trama consiguiendo lo que realmente me ha parecido extraordinario de la novela, la gran armonía de la misma.

La historia de “Amor en minúscula” es la búsqueda de la felicidad por parte del personaje principal, quien sencillamente se había olvidado de ser feliz, se había olvidado de vivir, encerrado en su apartamento, sus letras, sus gustos y sus cosas, y que por culpa de algo tan nimio como la aparición de un gato, se va dando cuenta de su situación y emprende camino tras la vida. En ese camino, como en todos los viajes, surgen nuevas opciones, sorpresas, personas, lugares y situaciones que jamás habría vivido de haber permanecido en el encierro en el que se encontraba.  Un viaje que el señor Miralles narra como si fuera una pieza de música ligera, suave, armoniosa y delicada, en unas letras que parecen flotar alrededor del lector como si alguien las susurrara, como si el lector fuera ese niño que duerme ausente mientras sus padres recitan frases de amor en sus oídos para que goce de un sueño tranquilo y feliz.

Así me ha hecho sentir la historia de Samuel, de Francesc, como si yo fuera ese niño que dormita tranquilo arropado por una sinfonía de letras, de historias, de anécdotas, de personajes, de ternura y esperanza de lo cotidiano a modo de plumón nórdico en noche de frío.

Quizá la palabra que pudiera definir esta novela es esperanza, porque mientras que en la segunda parte de la misma, “Wabi-Sabi”, se ensalza la belleza de las cosas cotidianas, en “Amor en minúscula” se realza la importancia de las pequeñas cosas, de los pequeños cambios que hacen válida la gran frase del Capità Enciam (el Capitán Lechuga) de mi niñez y cuyo leitmotiv era “Els petits canvis són poderosos” (los pequeños cambios son poderosos), algo que se demuestra en la vida de Samuel con la rotundidad de un experimento científico exitoso.

Cargada de personajes singulares, el anciano Titus, el gato Mishima, el singular Valdemar, Meritxell, los anhelos encarnados en Gabriela, y el propio Samuel, la novela nos llena de esperanza, y muy especialmente a aquellas personas que coqueteamos con la soledad, que nos gusta sumergirnos en esa bruma donde nos sentimos a gusto, cómodos, protegidos y seguros entre nuestras cosas, y nos pone un pequeño candil frente a los ojos cargado de esperanza, de aliciente por la búsqueda de la felicidad, del amor, de la alegría compartida de vivir. Pero que nadie piense que en las letras del señor Miralles encontraremos a un Coelho escondido, nada más lejos de su narrativa. Aquí la esperanza y la alegría de vivir son cotidianas, reales, tiernas y deliciosas como un plato casero. No busca el autor que dejemos todo y nos vayamos a vivir al desierto, o al Tíbet, ni que vivamos cada día como el último de nuestras vidas (qué pereza), no, Francesc nos invita a encontrar en las pequeñas cosas los destellos de felicidad que se esconden en ellas, a no dejarnos invadir por el “mono no aware”, la tristeza de las cosas en japonés, y que se posa sobre la vida como el polvo en una casa si no pasamos el cepillo a diario. 

Realmente la novela me ha fascinado, me ha dejado un poso de alegría contenida, de esperanza en lo cotidiano, de saber que es posible ser feliz con las cosas pequeñas sin la necesidad de grandes viajes, de grandes cambios, de grandes aventuras de las que su sola magnitud nos espanta. La confirmación de que se puede ser feliz y amar y ser amado en minúsculas, sin grandes mayúsculas ni negritas, y la alegría porque su obra ha sido para mí mi gato Mishima.

Resumen del libro (editorial)

Samuel despierta la mañana del 1 de enero convencido de que nada nuevo le traerá el año recién estrenado hasta que un extraño visitante irrumpe en su apartamento dispuesto a no abandonar su posición. Se trata de un joven gato callejero al que se ve obligado a adoptar. La aparición de Mishima va a ser el principio de la increíble transformación que está a punto acontecer en el hermético mundo que ha construido a su alrededor. Una inteligente, divertida y tierna historia que conmoverá al lector y le desvelará pequeños secretos para una vida más plena.

La Hija del Dragón, Myriam Millán



De Punta Cana a Panamá, de Panamá a Bucaramanga, de Bucaramanga a Panamá, y de Panamá a Punta Cana, con sus respectivas escalas, eso es lo que duró en mis manos la novela La hija del Dragón, de la autora española Myriam Millán. 

La novela, ganadora del Concurso de Autores Independientes 2015 de Amazon, es una gran historia con un desarrollo trepidante, pero a mi entender, dotado de una prosa que en algunos momentos no está a la altura de la historia. Vaya por delante que ya me hubiera gustado escribirla a mí, pues como decía, la historia es magnífica y la tensión narrativa también.

La trama se desarrolla en tres vertientes, e incluso al principio en alguna más, narrativas diferentes que al final acaban trenzándose para acabar en dos situaciones paralelas: una que transcurre a principios del siglo XVII en Transilvania, y otra que se desarrolla en el Londres de nuestros días, en las que la señora Millán nos presenta una serie de personajes magníficos, entre los que es obligación destacar a la condesa Erzsébet Báthory, la que dicen que puede haber sido la mayor asesina en serie de la historia, si desechamos a personajes tan ilustres como Stalin, Alejandro Magno o Hitler (ya sé que ellos no mataban con sus propias manos, o sí...), entre otros, y que parece haber sido una de las mayores seguidoras de ritos mágicos basados en el contacto con la sangre ajena. Sangre que, como no podía ser de otro modo, no sirve si es de viejas o viejos desdentados y calvorotas, sino que solo garantiza un porcentaje de éxito cuando se extrae de jóvenes doncellas en edad prematura, más de quinientas si hacemos caso de las crónicas y de la propia narración de la novela. Esta historia, cruel y trágica ocurrida a principios de mil seiscientos, se repite en nuestros días en un Londres moderno utilizando a personajes también magníficos entre los que destaco a Natalia, una de las protagonistas y de quien no daré más datos para no reventar la historia.

La novela, construida a base de saltos en entre las diferentes historias y épocas, y tejida con mucha habilidad en capítulos muy cortos, es magnífica porque consigue crear un clima de tensión y una necesidad por saber más que creo que es verdadero secreto del éxito del libro. Sin embargo, y reconociendo que me lo ha hecho pasar muy bien, hay un punto que no puedo dejar de comentar. Como decía al inicio de la reseña, esta novela ha sido la ganadora del concurso Indie 2015 de Amazon, un galardón al que optaban miles de novelas y cuyo premio, además del reconocimiento a la obra y a su autora, supone un impulso comercial brutal por parte de la mayor librería del mundo, lo que se traduce, y de forma totalmente merecida, en un incremento mayúsculo de las ventas de la novela, y es precisamente por eso que me atrevo a ser más crítico de lo que quizá en un principio debería serlo con una novela que, por menos de tres dólares, te hace desear que tus vuelos duren más para poder disfrutar de su lectura.

Ese punto que no quería dejar de comentar es la falta, en algunos momentos y bajo mi punto de vista personal, de una mayor calidad de prosa en la novela. Se dan dos cuestiones que quiero analizar. Por la propia naturaleza de la historia, en la que se suceden crueldades continuas, los personajes son seres atormentados que sufren en demasía, especialmente las víctimas de los diferentes rituales vampíricos a los que son sometidas, lo que hace que estos mismos personajes tengan situaciones extremas de sufrimiento, tanto físico como psicológico, pero en demasiadas ocasiones la autora utiliza el recurso del llanto para hacer notar lo mal que lo están pasando esos personajes, “a fulanita le caían las lágrimas...”, “sus lágrimas brotaron…”, “un par de lágrimas corrieron por sus mejillas...”, y así en tantas ocasiones que al final, cuando leía que alguno de ellos lloraba de nuevo, ya no me resultaba creíble. Y otra cosa que me ha sorprendido es el uso de algunas expresiones demasiado coloquiales para la trama de la novela. Recuerdo un momento en particular en el que la narradora omnisciente de la novela retrata a un personaje que se “pone a cuatro patas”, usando precisamente esta misma expresión, y que me pareció fuera de lugar. Los personajes, salvo que estén obligados por un bandido deslenguado, se ponen de rodillas, a gatas, sobre sus manos, lo que sea, pero no a cuatro patas. Detecté también un exceso de adverbios de los que decimos acabados en “mente”, situación que en mi opinión resta calidad literaria al texto. No es lo mismo decir que un personaje escapó con rapidez de una situación equis, que decir que escapó rápidamente. Son pequeños matices, pero que creo que deberían haber estado más cuidados vista la magnitud del galardón recibido.

La hija del Dragón me ha recordado en muchas fases a la trilogía del Baztán, de la escritora navarra Dolores Redondo, porque al igual que en sus novelas, en la de la señora Millán también se mantiene al lector amarrado a una trama sanguinaria, medio mágica, y en la que se descubren matices y se forman los personajes en el imaginario del lector a medida que los acontecimiento se suceden en una chicane cada vez más veloz y cerrada, sin embargo, y quizá por la intervención editorial en la obra de la señora Redondo, La hija del Dragón creo que no ha sido tan delicada en su corrección, cuando es una obra que yo colocaría en el mismo escaño por su trama y complejidad.

Ojo, no piense nadie que desmerezco el premio ganado, o que no he disfrutado con la obra, al contrario, mientras la leía y sufría con la historia no podía dejar de imaginarme a la autora escribiendo su obra de noche, porque estoy seguro de que la escribió en esas horas, y la veía golpeando sin parar el teclado en un torbellino de emociones y descripciones que son las que aceleran el pulso del lector, tal como estoy seguro de que le ocurrió a ella misma mientras las escribía. No sé, quizá haya sido esa premura, esa necesidad compulsiva por escupir los demonios que habitan al escritor lo que haya precipitado en algunos momentos a que la prosa se vea envuelta en una cierta velocidad perdiendo agarre, no lo sé.

Lo que sí sé es que os recomiendo esta novela y que doy infinitas gracias a la escritora por haberme hecho pasar un rato tan sumamente agradable, tan feroz y adictivo que incluso a mí, en algún momento, me hizo rodar lágrimas por las mejillas.

Resumen del libro (editorial)

En el año 1600, el pueblo de Nyitra, en Transilvania, contemplaba horrorizado cómo una mente perturbada acababa con la vida de más de quinientas doncellas. La creencia popular susurraba que en los bosques habitaba un demonio que buscaba sangre de jóvenes vírgenes, pero los habitantes de aquellas tierras no tenían dudas de que el destino que sufrían sus hijas estaba relacionado con algo que ocurría tras los muros del castillo de Cachtice. 
Londres 2013. Comienzan a aparecer cadáveres de jóvenes, aparentemente desangradas con antiguos aparatos de tortura. El Doctor Emanuel Mason, encargado de estudiar el caso, pronto descubre que tendrá que analizar una de las mentes más sádicas de la historia hasta llegar a los orígenes de un misterioso ceremonial de sangre, un rito milenario practicado por distintas culturas y religiones que aún hoy es un misterio para el común de los mortales. 
Con una historia basada en la leyenda de Erzsébet Báthory, Myriam Millán desvela en esta novela algunas incógnitas sobre antiguos rituales. Mitad histórica, mitad contemporánea, cien por cien thriller.